Cómo trabajan los detectives privados en Uruguay





Foto: Fernando Ponzetto

Cada semana, decenas de uruguayos consultan a detectives privados. No se trata solo de parejas celosas, sino de empresas que sospechan de la fidelidad de sus empleados y de familiares que buscan a un pariente desaparecido. Nunca hubo tantos clientes. Pero, ¿cómo se investiga la intimidad de una persona sin violar la ley?




Aquí vive un detective privado. En un barrio familiar, en una calle tranquila, en una casa prolija, de esas que desde su fachada anuncian que allí dentro todo está en orden. Cuatro cámaras de seguridad apuntan hacia la entrada. Javier Martínez, director de A.Access, abre la puerta, camina 20 pasos y se sienta detrás de un escritorio. Las oficinas de los detectives son torpes como las escenografías de las películas que no tienen dinero para gastar en decoración. Son despachos forzados, que intentan cumplir con el imaginario del cliente pero en los que se nota que nadie pasa demasiado tiempo. Los investigadores están cómodos en la calle y no entre cuatro paredes.

Sobre la mesa hay una hoja con apuntes de un caso, que él voltea antes de empezar a hablar: la regla de oro de un buen detective es la fidelidad con el cliente, se trate de un marido celoso, de una mujer que se siente espiada, de un periodista de investigación que encargó una cámara oculta o de un patrón que sospecha que algunos de sus empleados lo estafa. Esta breve relación laboral incluye un pacto de silencio entre las dos partes que no se rompe jamás. Por eso, cuando un detective se cruza con un viejo cliente finge no conocerlo.

Javier Martínez tiene el aspecto de un tipo neutro, de un tipo que trabajó su imagen para lucir como una sombra. Y aun así, para no arriesgarse a dejar de ser un perfecto desconocido, prohíbe que le tomen fotos. No tiene cuenta de Facebook ni de Twitter ni utiliza Whatsapp. El único detalle que parece no tener bajo control es la forma en que algunas palabras salen de su boca, un poco atascadas por la ansiedad. Ningún hombre puede vivir con la exigencia de ser infalible sin esperar secuelas.

Rígido, mirando a los ojos, con el convencimiento que dan 40 años de experiencia, dice:

—Esto es blanco o negro. Nosotros somos contundentes en lo que logramos. Pero vigilar al otro sin que te descubra es muy estresante, porque uno está expuesto a situaciones de tensión, no hay horarios y nunca sabés dónde vas a terminar el día. Uno no tiene una vida tranquila.

Para seguir los pasos de una persona en un caso simple, pongámosle en una infidelidad, se necesita un mínimo de cuatro investigadores, una moto, un auto, una cámara, un grabador y una computadora. Ningún detective trabaja solo. “Cuando seguimos a alguien no está cronometrado como te hacen creer en el cine, acá te agarra un semáforo en rojo y lo perdiste. Y tampoco trabajamos con hackers, porque en nuestro país está muy protegida la información”, dice Ricardo Domínguez, antiguo miembro de la dirección de Inteligencia de la Policía, antiguo edil por el Partido Colorado y detective privado desde la década de 1980.

Cuanto más complejo es el trabajo, más se multiplican estos recursos. “Una vez llegamos a ser 24 personas tras un mismo blanco”, cuenta Martínez. Lo habitual es que la recopilación de pruebas dure por lo menos unos cinco o seis días, que es el tiempo que se tarda en repetir los patrones de conducta. Así de previsibles somos cuando se nos observa desde la penumbra.

Los costos varían de acuerdo a cada agencia de investigación, la tarea y el lugar. No es lo mismo un seguimiento en Montevideo que en el interior o fuera del país. “En el interior tenés que estar más tranquilo y cubierto, porque ven un auto con chapa de la capital parado cuatro horas en un mismo lugar y llaman a la Policía”, explica Fernando, uno de los fundadores de la empresa E&F. Algunos detectives cobran US$ 150 por día, otros US$ 1.000 la semana y hasta US$ 6.000 si la tarea implica infiltrarse como empleado en una empresa durante algunos meses.

Enrique y Fernando, que prefirieron no revelar sus apellidos, son socios desde hace 25 años en la firma E&F y aseguran que llegaron a facturar US$ 100.000 por una investigación.

—Este es un ambiente muy competitivo. Te hacen emboscadas, te llaman para putearte, hasta nos baleó una víctima. Pero nosotros no tenemos dudas de que somos los mejores —dice Enrique, con una sonrisa de oreja a oreja.

Detrás de la puerta.
En el trabajo de campo (o sea, en los seguimientos) los investigadores pueden ser tan jóvenes y tan viejos como sea necesario para volverse invisibles en el hábitat de la víctima. En los equipos siempre hay mujeres: “Son fundamentales por su capacidad de observación”, dice el detective Jack, nieto del primer fundador de una agencia de investigaciones privadas en Uruguay. Su misión es conseguir una imagen y un audio que termine con las sospechas del cliente. Por eso en este negocio no existen los grises, porque luego de que uno ve y escucha, ¿qué otra prueba necesita?

En el país del secretismo, de la información protegida hasta para identificar al propietario de una línea telefónica, cada vez más personas quieren espiar a otros o contratar a un profesional para que haga el trabajo sucio. “Hay más clientes que antes porque acá todo es oculto. Todo es muy burocrático, incluso hacer una denuncia”, dice Javier Martínez, y desliza: “Es una lástima que el Estado no utilice detectives privados porque podríamos ser de mucha ayuda”.

—¿Por ejemplo?

—Para el robo de combustible, el mal uso de vehículos oficiales, la declaración alterada de horas extras trabajadas, falsas licencias por enfermedad.

La consulta de moda es “la sospecha de estar siendo espiado”, una categoría del servicio que ganó fuerza gracias a la popularidad de los smartphones. En internet, por US$ 200, se puede comprar una aplicación para móviles con sistema operativo Android. En cinco minutos se descarga en el celular de la víctima, y luego, con un usuario y una contraseña, el espía accede a un sitio web en el que visualiza la información y hasta el sonido ambiente. Es decir: se puede escuchar qué dice y hace una persona las 24 horas del día sin dejar rastros.

En Ciudad Vieja, en La tienda del detective, venden una calculadora que es una cámara, un espejo que es una cámara, una corbata que es una cámara, lentes que son una cámara, un pendrive que es una cámara, un cargador de celular que es una cámara, un oso panda que es una cámara. El lente tiene el espesor de un milímetro y está escondido en una de las patas del peluche. Hoy todos podemos ser moscas en HD.

La sombra de la ley.
Pero investigar la rutina de alguien sin violar su privacidad, ese es otro tema. Con la condición de mantenerse anónimo, un detective privado confiesa que cada mes él pincha celulares, aunque esté prohibido. Además de la opción del software hay un par de alternativas “todavía más ilegales”, dice. En esta profesión hay límites éticos y hay límites judiciales: intervenir una línea, escarbar en la correspondencia ajena, ingresar a una propiedad privada, ocultar micrófonos y cámaras, filmar a alguien en su hogar sin su permiso, pagar por información a un empleado público, todo eso está penado por ley si se hace sin la orden de un juez. La astucia está en saber cómo tener ojos y oídos sin ensuciarse las manos.

Enrique y Fernando lo explican así: “Nuestro trabajo es documentar todo lo que el cliente y el abogado no pueden, es ir un paso más lejos de la Policía. Digamos que de la puerta para afuera te registramos todo”.

El informe de un detective a veces funciona como un atajo, como una forma de comprobar la mentira sin tener que pasar por un juzgado. Cuando se comprueba que un empleado roba, lo habitual no es hacer una denuncia, sino ponerle frente a sus narices las pruebas y la carta de renuncia para que firme.

Otras veces, una investigación se concibe como un cúmulo de pruebas para un juicio. En esos casos, cuando se agarra a la víctima in fraganti, tiene que haber un escribano presente que estampe su firma en un acta, para darle un respaldo legal al material.

—Esto es blanco o blanco. Nosotros no nos quedamos con nada. Cuando termina la investigación le damos todas las pruebas al cliente. Eso sí, grabamos hasta cuando estamos grabando, porque la gente te dice una cosa y después dice otra —cuenta Fernando.

Para ahorrarse problemas con la ley, algunos detectives optan por darles instrucciones a sus clientes sobre cómo esconder los artefactos de espionaje en sus propiedades. O les venden un “celular espía” para que le obsequien a la víctima. También hay quienes firman un documento con el dueño de casa, otorgándole el permiso para cruzar la puerta.

Y alguno, como Ricardo Domínguez, prefiere no arriesgarse y solo acepta ingresar a un hogar para revisar si hay o no un equipo instalado. Dice que uno se sorprendería si supiera la cantidad de esposos que espían a sus esposas. Dice que cuando descubre una cámara oculta es como si le viera el rostro a alguno de sus colegas.

Domínguez sonríe y los bigotes se le ensanchan. Le hace gracia porque acá los detectives se cuentan con los dedos de las manos pero entre ellos no tienen trato. Sentado en la cabecera de una mesa llena de diarios, junto a una silla con una pila de diarios y extendiendo una mano hacia un balcón donde hay más diarios acumulados, dice que esto es un centro de operaciones: “Desde acá yo dirijo todo”.

—¿A quién dirige?

—Nosotros en el equipo tenemos a psicólogos, abogados, escribanos, policías, militares retirados, toda gente de confianza que entrenamos. Y tenemos lo mismo que tiene la Policía…

—¿Armas?

—No, videntes. Un servicio de investigadores necesita tener un buen lobby.

Clientes a la carta.
La agencia de investigaciones Detective Jack está por cumplir 100 años de trayectoria “buscando la verdad”. Su director, el Jack de la tercera generación, cree que una de las virtudes de este oficio es que “sobrevive a las crisis económicas y a las zafras de temporada”. Domínguez está de acuerdo: “Infieles con las parejas y con los patrones van a existir siempre”. Ahora mismo hay más investigadores y más clientes que nunca. “Hoy en día ver detectives en programas de televisión es común. Yo creo que somos un tema actual, fíjate que estamos por escribir un libro”, anuncian los investigadores de E&F.

La popularidad de este oficio se puede medir en el puñado de clientes que cada semana golpean la puerta de los detectives, habitualmente atraídos por un anuncio en las Páginas Amarillas, en el diario de los clasificados o en Mercado Libre. Los detectives de E&F, que tienen experiencia en ventas —uno era vendedor de chocolates y el otro de alfombras— apuestan a que la inversión en publicidad les ayude a posicionarse en el mercado, por eso cada año gastan $ 300.000 en marketing.

“Hay un porcentaje de clientes que vienen diciendo que escuchan ruidos o que están armando bombas en el piso de abajo o que sienten olores porque hay una destilería de droga: a esos los rechazás con alguna excusa”, explica Jack. “La sociedad y la tecnología hicieron que este viejo oficio se diversifique y profesionalice”, agrega, hasta alcanzar “estándares similares a los de la inteligencia militar”.

Los engaños amorosos siguen acaparando la agenda (contratan por igual mujeres y hombres), pero en el rubro familiar también hay padres que quieren investigar a sus hijos, novios que investigan a sus parejas antes de contraer matrimonio, y familiares que buscan a parientes desaparecidos. Hay aseguradoras que desconfían de los damnificados, y empresas internacionales que pagan para investigar la letra chica de los contratos con sus futuros socios locales. Y, sobre todo, se trabaja para empresas que sospechan de robos y deslealtad en su plantilla de empleados. Otras quieren comprobar licencias por enfermedad y juntar documentación para juicios laborales.

—Acá nadie se salva. Nosotros les descubrimos secretos a personajes famosos de la tele, a deportistas y hasta a políticos —dice Fernando.

—¿A políticos?

—Sí. Le hicimos un seguimiento a un ministro. Nos contrató la mujer.

Otra categoría en expansión es la de los amantes virtuales. En este caso los clientes suelen ser mujeres, que llegan a costear viajes al exterior para ver el verdadero rostro de su amado. Domínguez los detesta: “Roban, destruyen hogares, lo hacen por deporte”, dice. En su tiempo libre, este investigador de 70 años ingresa al chat de citas Badoo y se entrena identificando perfiles falsos.

La placa soñada.
El detective privado Elías Ribal diseñó un logo para su empresa que tiene al Ojo de Horus y un águila blanca. El ojo es un talismán egipcio que protege de la envidia y el ave representa el acecho inevitable: “Las águilas blancas siempre sobrevuelan la montaña y cuando se le acercan a una presa es porque están decididas, porque ya tienen toda la información y a la víctima no le queda escapatoria”, narra con satisfacción. Ribal tiene 39 años y hasta hace un tiempo era militar. Se pasó a la investigación privada para ganar un sueldo mejor, al igual que varios de sus colegas.

Pero, ¿cómo se aprende a ser detective? A falta de una educación formal, aprendió con un funcionario de la Armada que, en confianza, le enseñó tácticas de espionaje. Luego, siguiendo las huellas de otros detectives con experiencia, hizo un curso en Buenos Aires y otro en Brasil. Los que pueden más, como Jack, estudian en Israel, en Estados Unidos y en España: la verdadera meca de esta profesión. En las agencias locales suele haber un único investigador con conocimientos que después entrena al resto del equipo.

Los españoles sí que saben cómo tratar a sus detectives. Para conseguir una placa que avale su profesión antes necesitan ir a la universidad, porque allí los detectives son licenciados. En la región, Brasil es el único lugar donde las investigaciones privadas están legisladas. En Uruguay, ni la antigüedad de este oficio, ni el vínculo cada vez más fluido que mantienen las firmas locales con asociaciones extranjeras de detectives —interesadas en intercambiar datos de empresas locales con sus clientes extranjeros— han resultado aunque sea un artículo en una ley.

Jack dice: “El Ministerio del Interior tuvo la intención de regular las investigaciones hace un tiempo, como un agregado en la regulación de los guardias de seguridad, pero se cayó inmediatamente. Siempre nos movimos en un vacío legal, por eso lo que hacemos no está autorizado pero tampoco está prohibido”.

En tiempos de inseguridad, tener una ley de su lado sería cosa buena. Por ejemplo para evitar que los transeúntes los denuncien cuando hacen un seguimiento en moto, o los vecinos cuando se estacionan por demasiado tiempo en un mismo lugar. “Tenemos que cuidarnos de que no nos descubra la víctima pero también de evitar a los policías, porque tenés que explicarles lo que estás haciendo y esperar que te crean. Sería mucho más fácil si estuviéramos en un registro, si tuviéramos un carné y controlaran a quienes trabajan de esto, sobre todo para ahuyentar a los oportunistas”, dice Enrique, de E&F.

Es que en este mundo, las víctimas no son las únicas acusadas de mentir.

—¿Se pierde la confianza luego de descubrir tanto engaño?

—Sí. Yo siento lástima por mis hijos, por el día en que decidan casarse. ¿Y sabés qué? Tomá, llevate una tarjeta.

—¿Para qué?

—Ya vas a volver para pedirnos que investiguemos a tu novio.

Un detective tras los pasos de Pablo Goncálvez.
Es común que los detectives viajen en busca de “amantes virtuales” que engañan y estafan a mujeres de todo el mundo. Entre las historias recabadas, la de Ricardo Domínguez es la más llamativa. “Hace poco, una clienta me llamó desesperada porque su sobrina de 39 años estaba siendo acosada por un hombre que había conocido en el chat Badoo, y con quien había tenido un encuentro en un boliche de Buceo. Cuando lo ve, la joven se da cuenta de que era el tiple asesino Pablo Goncálvez, quien incluso le mostró la cicatriz de la puñalada que recibió en la cárcel. Ella inmediatamente se fue, pero él ya tenía su número y su dirección. Le indiqué que cortara el diálogo, la acompañamos a su trabajo y por las noches le dábamos resguardo en su casa. Goncálvez le escribía mensajes desde tres celulares distintos, a cualquier hora. Finalmente, como una táctica, le pedimos que respondiera que iba a ir a visitar a un pariente a El Pinar, porque él había tenido una casa allí. Unos días después, le mandó la foto de un cementerio. Ella pudo volver a su vida normal cuando supo que el homicida había sido detenido en Paraguay”.

“Solucionás un problema, pero destrozás vidas”.
“Los uruguayos somos vivos y somos bobos”, dice Javier Martínez antes de comenzar a narrar los casos más insólitos que investigó. La mayoría de las anécdotas tienen que ver con empleados que fingieron lesiones para asegurarse licencias médicas o ganar un juicio laboral. “¿El más absurdo? He visto a una persona con un parte de incapacidad por problemas lumbares graves corriendo una 5K en la rambla de Pocitos. Nosotros íbamos al lado, filmándolo”, cuenta. “Somos infieles y además rebuscados”, opina Enrique, de E&F. “La persona que engaña no sabe cómo guardar el secreto. El uruguayo lo vive como una aventura, pero llega a la casa y se siente mal con su mujer y habla y habla casi hasta delatarse”. Los detectives coinciden en que el momento más difícil del trabajo es cuando se le entregan las pruebas al cliente. “Tenemos que ser medio psicólogos nosotros, porque a algunos les solucionás un problema pero a otros les destrozás la vida”, dice Jack.

El compañero nuevo, ¿es un espía?
Además de las infidelidades, el otro rubro de peso para las agencias de investigaciones privadas son las averiguaciones empresariales. Algunas firmas contratan los servicios de detectives locales desde el exterior para chequear si un futuro socio no tiene nada que ocultar. “De la misma manera, cuando nosotros necesitamos información de una empresa del exterior, les pedimos ayuda a asociaciones de detectives de otros países. En este negocio también se cayeron las fronteras”, dice Javier Martínez. Otra tarea cada vez más habitual es rastrear a aquellos empleados que están realizando un “robo hormiga”. Elías Ribal explica que cuando el patrón tiene esta sospecha, “el seguimiento se hace desde afuera —investigando camiones, siguiéndolos en moto o en auto— o infiltrándose adentro”.

En estos casos hay que buscar a un investigador que cumpla con el perfil específico, para no levantar dudas. “Para que esto funcione el empleado espía tiene que empezar bien de abajo, nunca como encargado. ¿Por qué? Porque es en los cargos más chicos que llegan los rumores”, explica.

Algunas investigaciones pueden durar meses. “Uno tiene que saber que va a haber muchos involucrados. Tenés a la persona que trabaja en el depósito, otra que deja constancia cada vez que sale mercadería, otra que hace la seguridad y tenés a los que te hacen el reparto. Hasta ahí ya son por lo menos cuatro personas que pueden estar involucradas”, dice.

Según los detectives consultados, muchos de sus clientes no realizan una denuncia cuando encuentran al culpable. “No suelen ir a la comisaría por un tema de imagen. O depende del empleado que sea. Por lo general les muestran las pruebas y les piden que firmen la renuncia, aunque alguna vez me ha tocado ir a algún juzgado a declarar: presento las filmaciones y fotografías y explico cómo se obtuvo el material”, cuenta Jack.




Estos casos suelen ser bastante peligrosos, por eso son los más caros. “Suelen salir entre US$ 5.000 y 6.000 si se trata de una tarea compleja”, detalla este detective.

En este rubro las anécdotas son variadas. A Enrique y Fernando, de E&F, les sucedió que los propios empleados ladrones, al descubrir el seguimiento, llamaron a la Policía. “Fue una locura, los tipos pensaban que estábamos ahí para robarles a ellos. Los oficiales no entendían nada, primero nos apuntaban a nosotros y a medida que les íbamos explicando se daban vuelta para apuntarles a ellos”, cuenta Fernando.

Ribal recuerda otro caso insólito: “Le pusimos un GPS al camión y los seguimos hasta el final del trayecto, que era un terreno baldío frente a un edificio. En eso viene una señora jubilada y nos ponemos a conversar. La señora nos cuenta que allí intercambian mercadería y que desde su apartamento se veía todo clarito. ¿Podés creer que fue ella la que sacó las fotos y filmó con la tablet que le regaló Tabaré? Gracias a ella terminaron nueve empleados presos”.

Fuente: El País

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