¿Cómo y quienes ”mueven” drogas en la clase alta de la sociedad?




Foto: Sofía Orellano

Los dealers de los barrios de clase media y alta son hombres jóvenes, de buena apariencia, que se camuflan perfectamente en la zona donde trafican porque allí pertenecen. La droga circula en la noche pero también en pleno día y, últimamente, también se pide por internet.

Viven con sus padres en Pocitos, Malvín o el Prado. Manejan autos propios, fueron a liceos privados y se visten bien. Van a la facultad, no llaman la atención. Nadie se imaginaría que pueden estar ganando arriba de $ 200.000 por mes, que en el auto llevan un arma o que se ganan la vida vendiendo drogas. Los dealers de los barrios de clase alta suelen ser jóvenes y pasar inadvertidos.

Para llegar a las zonas residenciales, las sustancias ilegales que entran en el país deben hacer una travesía desde los barrios marginales. En el medio, alguien tiene que ir a buscar la mercadería adonde nadie quiere ir. Ese valiente es quien conecta al “dealer pesado” (que trae la droga a Uruguay) con los intermediarios, “mulas” o “transas” de cada barrio, que son los que hacen la “venta al público”. Sus ganancias dependen de cuánto tiempo y dinero arriesguen, y de en cuál eslabón de la cadena estén: cuanto más cerca del fabricante, más ganan. Pero, invariablemente, lo que les entra es “plata fácil”.

En los barrios privilegiados el transa es uno más. No está infiltrado: pertenece. No tienen señas particulares que los distingan. Su estrategia es “no quemar”. Nadie, salvo sus clientes, debe saber de su actividad. Quienes los conozcan del trabajo, a través de amigos o sean parte de su familia posiblemente ni sospechen. Muchas veces tienen un trabajo “formal”. El ojo inexperto jamás podría identificarlos: solo quien sabe detecta las tenues pistas que deja el que hace esos negocios. Cómo se para, si está nervioso, qué hace con las manos. Puede estar “transando” en cualquier lado, a cualquier hora.

Benjamín —no es su nombre real— hace años que dejó de ser dealer. Con 14 años hacía viajes regulares al Marconi o a otros barrios carenciados en busca del botín ilícito que luego repartiría entre diferentes mulas o transas. Por estas expediciones ganaba unos $ 50.000 por mes. Asegura que ese es el papel más riesgoso y el que corre más peligro de ser descubierto. Explica que la Policía los espera fuera del barrio al que —se sabe— va a buscar la droga. “La cana no se mete al cante, eso es de cabeza. Todos saben dónde están las bocas y la Policía nunca va”, dice.
Luego que Benjamín, o quien fuere, saca la droga del barrio y se la vende a diferentes transas, estos le fijan un valor y empiezan a moverla. Los dealers de los ricos saben con qué público están tratando. El precio se pone, según Benjamín, “por la cara”: cuanta menos “calle” se tenga, más alto será. Los que tienen mayor poder adquisitivo consumen drogas más caras —éxtasis, cogollos (la flor de la marihuana) y cocaína, en vez de cannabis prensado (de peor calidad), y pasta base—, pero también pagan más por lo que en barrios más humildes se consigue más barato. “Si sé que un tipo va a una universidad privada le voy a cobrar el doble la pasti (éxtasis u otras) que a un tipo de Paso de la Arena”, dice Benjamín.

También se aprovechan del buen pasar de sus clientes para “jugar con su vicio” y dejar fiado a quienes saben que, después de “apretar” un poco, tienen la capacidad de pago. Los propios comerciantes son víctimas de estas técnicas por parte de quien viene más arriba en la cadena. “Casi todos consumen lo que venden. Entonces a veces hacen eso de dejarle un kilo de cocaína al que saben que no se va a aguantar y después se lo cobran como sea”, relata.

Lo usual es que los dealers tengan su cartera limitada de clientes, y estos a su vez les vendan a sus amigos, y estos a sus amigos, y así. A veces la gente lo hace como favor, a veces cobrando comisión. Entonces, hay mucha gente “moviendo” (como se le dice a traficar) droga, pero pocos son dealers de tiempo completo o de forma permanente.

Si bien entre los barrios de clase alta el consumo de drogas es un secreto a voces, la identidad de los dealers sigue siendo un secreto bien resguardado. Quienes tienen dealer directo —o sea, no compran a través de sus amigos—, guardan celosamente el contacto.

Ninguno de los usuarios consultados accedió a dar el número de su dealer, y un vendedor de éxtasis pidió ser eliminado de WhatsApp después de que se le pidieran comentarios para esta nota.

Dedicación.
“Yo lo dejé porque es un quilombo. Te metés en lugares muy feos, es innecesario”, sostiene Benjamín, que nació en Pocitos. Sus amigos que siguen en el negocio no quisieron hablar con El País por la naturaleza de su actividad. Según él, ellos no lo dejaron porque a pesar de ser un rubro peligroso y a veces sacrificado, es muy lucrativo. “Me retiré a tiempo, ellos se comieron un año en cana y siguieron… No querés dejar”, expresa.

No todos los que “mueven” trafican todas las drogas, y no siempre lo tienen como actividad única. “Muchos tienen trabajo para justificar la guita que ganan”, explica un DJ y consumidor de éxtasis. Una usuaria regular de cannabis aseguró que su dealer solo vende cogollos de marihuana y, ocasionalmente, LSD. “Él tiene un trabajo legal de oficina y aparte hace esto para ganar más plata”, explicó. Otro, aseguró que para comprar drogas más “raras”, como hongos alucinógenos, debía recurrir a otro proveedor y no al suyo habitual. Hay transas que son conocidos en el mundo de la cocaína y solo mueven eso. “La cocaína tiene consumidores históricos porque es adictiva”, apunta Benjamín.

El que vende al público drogas “chetas” normalmente no vende pasta base. Los que se adentran en los barrios de contexto crítico pueden, además de comercializar entre las clases más altas, coquetear con las bocas de pasta base. Hay distintos grados de compromiso con la actividad: están los que solo se mueven entre sus amigos, los que venden en todo el barrio y los que se mueven por diferentes partes de la ciudad y con todo tipo de oferta narcótica. A mayor inmersión e inversión, mayor ganancia, pero también mayor riesgo de caer preso o de tener lío con otro traficante, porque los barrios de la costa también están divididos en territorios de bandas.

La noche, la zafra.
Hay muchas maneras de concretar una venta, pero quienes consumen aseguran que donde más se vende es dentro de las fiestas, en la noche. “Cuando la gente ya está drogada es cuando quiere más”, explica una usuaria. “Ahí es más peligroso comprar porque apuntan a un público ya drogado al que le da lo mismo consumir cualquier cosa”, advierte, pero agrega: “Igual, tener un dealer de confianza no es garantía de nada porque la droga pasa por muchas manos. Él tampoco sabe de dónde viene o si es buena”, sopesa.




Los más involucrados en el negocio no se arriesgan a infiltrarse en las fiestas para no cruzarse con policías disfrazados de particulares. Son los que más se cuidan: los “pequeños comerciantes”, se mueven con relativa libertad. En las fiestas puede haber transas de todo tipo, incluso adolescentes de no más de 16 años.

“En las fiestas se sabe que hay policías disfrazados y hasta minas que les pagan por ir de infiltradas y contar lo que ven”, cuenta el DJ. “En las electrónicas es imposible darte cuenta quién es policía porque va gente tan variada que puede ser cualquiera”, agrega.

Antes de las megafiestas, por ejemplo, puede ocurrir que gente que no se suele dedicar al negocio le pida a su dealer cantidades enormes (por ejemplo, 500 pastillas de éxtasis) para revender dentro de la fiesta y ganar dinero fácil de una sola vez. Quienes frecuentan estos eventos explican que “están llenos de gente moviendo”. Los que venden están camuflados entre la gente y hay que conocerlos o esperar que ellos se acerquen. “Si te ven muy manija (disfrutando mucho del “pegue”) se te van a acercar para ver si querés más”, cuenta una chica asidua de las fiestas electrónicas.

Benjamín admite que, aunque dejó el negocio hace años, todavía conserva los contactos. Entonces, a veces, conecta “amateurs” (los que compran una vez solo para las fiestas u ocasiones especiales) con los “pesados” y que solo por la conexión le dejan una buena paga. A eso se le llama ser “pasamano”.

“Me siguen preguntando che, ¿cómo consigo cinco kilos de cogollo?, y yo sé quién tiene, entonces hago el contacto”, explica. Asegura que hace poco le dejaron $ 5.000 solo por conectar a un proveedor con un vendedor. “Yo solo hago una llamada”, dice.

Otra forma en la que venden los dealers es concretando un encuentro con el usuario, en cualquier lugar, a cualquier hora, incluso a plena luz del día. Generalmente hay que avisar qué se va a comprar de antemano, pero hablando en clave. “Yo tengo Telegram (aplicación de mensajería) bajado solo para hablar con el tipo de las pastis”, reveló una usuaria, que explicó que eligen este medio porque es más difícil de interceptar que otros, como WhatsApp.

Delivery.
Las sustancias ilegales no quedan por fuera de las nuevas formas de comprar que han surgido en los últimos años. Algunos de los que traen grandes cantidades al país han comenzado a optar por el mismo método que quienes quieren comprar championes baratos: las piden por internet.

La forma en la que lo hacen es a través de la Deep Web —internet profunda. Hacerlo, sin embargo, tiene más dificultades técnicas y más riesgos que comprar por Amazon. La DEA (la agencia antidrogas estadounidense) lucha hace años sin éxito por cerrar la principal “página” de venta de drogas en la Deep Web: Silkroad.

Los dealers no escapan a la automatización laboral: usuarios particulares, en Uruguay y el mundo, están eligiendo esta manera de comprar para poder tratar con el fabricante directamente, eliminando así la necesidad del intermediario y del consecuente encarecimiento del producto. La droga llega como cualquier paquete que uno pide en el exterior, pero escondida dentro de las cosas más diversas: un mazo de cartas, un DVD, entre las páginas de un libro. “Además te sale chirolas”, agregó el DJ.

Breaking Bad.
Como en la aclamada serie donde un hombre de una familia de clase media se va transformando a medida que se adentra en el mundo del narcotráfico, quienes nacieron en un barrio privilegiado, alejados de la guerra de las drogas, cambian al meterse en este mundo.

“Mis amigos”, relata Benjamín, “son bárbaros: no te darías cuenta que transan, pero de repente atienden el teléfono a uno que los amenazó y saltan con: Dale, te espero con el fierro donde quieras, hijo de puta”, recrea. “Hay muchos que se te hacen los vivos y no pagan. La situación te fuerza a volverte así”, considera.

A un dealer lo pueden amenazar por distintos motivos: si se metió en un barrio “que no le correspondía”, si vendió producto que resultó de mala calidad, o si dio de menos sin darse cuenta. Si uno no es duro, lo pasan por encima.

“Te volvés malo, porque te empezás a meter en lugares malos, donde conocés gente mala. Con esa gente mala vos te tenés que relacionar, y tenés que hablar el mismo idioma que hablan ellos”. También, las grandes cantidades de dinero y la facilidad con la que se gana hacen que se entre en la rosca de la codicia, del deseo de ganar más. El ambiente contagia a quien se mete: “Te entrás a volver ñery porque tenés que hablar igual que ellos, porque sino sos un cheto y te discriminan”, explica. “Te metés en una que está de menos”.

La nueva tendencia es pedirse drogas por internet.
Lo que desde el 2011 se hace en el mundo ya llegó a Uruguay y está ganando adeptos: pedirse drogas ilícitas a través de internet.

La “Deep Web”, o internet profunda, es una parte de la red a la que los usuarios regulares no acceden. Para hacerlo, es preciso bajarse un navegador especial y tener ciertos conocimientos de informática.

La internet profunda es tierra fértil para el crimen porque en ella reina el anonimato. Permite más fácilmente y con mayor efectividad enmascarar la identidad (y la dirección IP) de quienes la frecuentan. Por eso, es elegida por los fabricantes de drogas ilegales para vender sus productos y por usuarios para comprarlos.

Esto elimina la necesidad de dealers que actúen de intermediarios y el encarecimiento del producto. Sin embargo, hay narcotraficantes que también están utilizando este método de contrabando.

El secreto del éxito de la transacción está en dónde se escoge esconder la entrega. Los paquetes son cosas ordinarias: un mazo de cartas, una lata de pintura, un folleto, un libro. Y dentro, se esconde la droga. Uno de los riesgos más grandes de utilizar este método es que alguien del Correo o de Aduanas se dé cuenta de que en el paquete hay droga y alerte a la Policía.

Por este motivo, algunos dealers les pagan a diferentes personas para que reciban sus paquetes y no exponerse ellos.

El sitio más grande y más conocido de compraventa de drogas en la Deep Web es Silkroad.

Relatos de un ex dealer que traficaba con solo 14 años.
“La Policía te para por la cara, pero nadie sospechaba de mí: pibe chico, con pinta de cheto. Llevaba tranquilo una bolsa del shopping por Pocitos y la gente se pensaba que era ropa, pero por ahí eran tres kilos de porro”, relata Benjamín (este no es su nombre real).

“Me retiré a tiempo, pero los amigos con los que empecé siguen todavía. Siguen incluso después de haber caído en cana un año. Es muy tentador. Es mucha plata. Nadie nunca te va a decir cuánto gana porque es grosero. Es asqueroso”.

Fuente: El País

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