El doctor de la vida que da hora en Villa Biarritz: lo buscan para hablar de cosas triviales o de la muerte y el amor.

Julio Decaro con su marketing que invita a hacer una pausa en el vértigo cotidiano. Foto: Fernando Ponzetto

Sin horario de oficina o de consultorio, cuando funciona la feria de los fines de semana o durante cualquier otro día, si no llueve ni impera una ola de calor, un señor de barba blanca, sentado en una silla plegable, entre los árboles de Villa Biarritz, espera que algún prójimo se acerque y tome asiento en la silla gemela que tiene a su lado.

Un globo que parece flotar encima del respaldo de la reposera, pero está sujeto a la varilla que también porta el cartelito “te invito a charlar 20 minutos conmigo”, distingue al hombre del resto de los mortales que por allí se toman un recreo estival o andan de compras por las fiestas. No se trata de un loco suelto ni de un tipo sin familia o sin contacto fraterno con su esposa, hijo y nietos. Tampoco es un gurú o alguien con pretensiones de generar un movimiento posnewage. Se llama Julio Decaro y no procede de la bohemia tanguera sino de la medicina, carrera en que se graduó con Medalla de Oro.

Con 71 años cumplidos y muchas conferencias sobre sus espaldas, además de varios libros que él manda publicar y regala con gusto a cualquier interesado, Decaro decidió hace un mes llegar al espacio público para comunicarse con el otro, con una señora que pasó los 80, una muchacha embarazada de mellizas, profesionales, empresarios o adolesentes que se acercan en barra y terminan usando el pasto como platea del auditorio natural.

“No quiero transmitir ningún mensaje en particular, estoy esos veinte minutos para esa persona que se acerca y propone el tema o me pregunta; a veces hablamos de cosas triviales y otras, de asuntos muy profundos; hay gente que en pocos minutos llega a conmoverse hasta las lágrimas contándome alguna cosa, por ejemplo enfermedades de algún familiar que lo angustian. Y hay jovencitos que me preguntan qué pienso yo que hay después de la muerte o qué pienso sobre el amor”, cuenta Decaro, que se siente cristiano pero bucea o recurre a todas las religiones, la ciencia, la filosofía o la literatura. Decaro reflexiona desde su vida y se acompaña de meditaciones ajenas que comparte y quiere compartir, por ejemplo las de Pascal sobre la felicidad, “el motivo de todas las acciones de todos los hombres, hasta de los que van a ahorcarse”.

Cambios.
Como lo ha hecho en un taller para líderes del mundo de los negocios en Harvard, en Villa Biarritz Decaro habla también de los sufrimientos inadvertidos, no solo de los naturales. Por ejemplo los que aquejan a los ansiosos, impacientes, renconrosos, envidiosos, resentidos, avaros, celosos, criticones, vanidosos, arrogantes, engreídos o aburridos. “Todo esto lo entiende cualquiera pero lo difícil es darse cuenta en la propia vida que uno está pasando mal innecesariamente. Ese caer en la cuenta es lo que facilita la transformación”, dice.

Decaro tiene experiencia en retiros, el primero lo hizo en Colonia, con 10 días de silencio. Ahora va a Manresa, la casa de oración de los jesuitas en el barrio Atahualpa. Entre una época y otra conoció en Estados Unidos a Thich Nhat Hanh, un monje vietnamita budista zen que vive en Francia y del cual recuerda la máxima: “Sea libre en donde esté”.

Por toda esa experiencia, Decaro considera que ahora aquellos tiempos para la meditación los puede hallar entre hábitos cotidianos, preparándose un mate o desayunando el diario vaso de jugo de limón, un alcalinizante contra patologías tumorales que consume con una dieta especial, junto a algunos yuyos, desde que hace tres años le diagnosticaron un cáncer de próstata, porque decidió no operarse ni hacer radioterapia ni quimio.

“Hay muchas escuelas que en los estadíos iniciales deciden la observación, nada más; el setenta por ciento de la gente de mi edad tiene cáncer de próstata y no lo sabe, y se muere de otra cosa, que es lo que espero que me pase a mí”, sostiene Decaro con una sonrisa.

Desde ese diagnóstico, los cambios de alimentación le permitieron ganar eficacia para atender los propios sensores de su organismo y para “conectar cosas”, algo que siempre hizo.

Decaro: “No soy un maestro iluminado”.
Hay gente que pasa por Villa Biarritz con los ojos apuntando hacia su celular y no advierte la presencia de Julio Decaro invitando a conversar. Otros avanzan, lo ven, se turban, se recomponen, hacen como si no lo hubiera visto y siguen caminando en la misma dirección. Otros sonríen y lo saludan de lejos o le piden para sacarse una foto, pero no quieren quedarse, están apurados. La charla, en realidad no tiene un tiempo fijo, no se trata de una sesión terapéutica. Puede durar menos de 20 minutos o más. “En cualquier caso tengo que estar atento, que no es solo escuchar, estoy ahí para la persona. Me ha pasado que tengo gente esperando y, a veces, lo confieso, me canso”.

Decaro piensa que dar es igual que recibir y ése es su objetivo en el parque, cerca del mar, a donde más de una persona ha vuelto a ir para reiterar el intercambio.

En una época Decaro se dedicó a la administración hospitalaria, dirigió varios centros de salud. Hoy enfatiza: “no soy un maestro iluminado”. Detrás de sus certezas hay místicos, filósofos, poetas, narradores, desde Krishnamurti y Marco Aurelio hasta Borges y Saramago.

En relación a sus libros, resume que en todos habla sobre cosas cotidianas, lo que le pasó en un retiro pero también en una panadería, en un restorán o levantando excrementos de perros, cuando él en verdad no tiene ningún animal de compañía. “Es lo que hacía mi abuelo, transformaba lo ordinario en extraordinario, fuese el arroz con leche o la escoba del 15”.

Fuente: El País




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