El hombre que decidió convertirse en un caníbal por el odio que sentía hacia su madre

Una escena de terror pocas veces vista en la Ciudad de México ocurrió durante la madrugada del 8 de octubre de 2007; carne humana frita en un sartén sobre la estufa de la cocina, en la mesa un plato servido con los restos de un cadáver, acompañados con limón, salsa picante y un poco de ron; esto fue lo que encontraron los policías al terminar de recorrer los estrechos pasillos de un edificio ubicado en la calle Mosqueta de la colonia Guerrero.




Entre una atmósfera lúgubre, con poca iluminación, escasos muebles y fétidos olores, vivía José Luis Calva Zepeda, quien sería conocido a partir de ese momento como “El caníbal de la Guerrero”.

Nació el 20 de junio de 1969 y quedó huérfano de padre a los dos años, su madre se refugió en el alcohol para soportar la difícil tarea de criar a seis hijos, lo cual acentuó su carácter estricto, agresivo y altanero, según palabras de Calva Zepeda. Debido al carácter de la madre, los castigos alcanzaban niveles exacerbados, y José Luis fue obligado a dormir en el patio tras romper un figurín de porcelana: “la frialdad de la madrugada nunca la podré olvidar, el rocío de la noche enfrío mi alma hasta quemar mi ser”. La constante violencia verbal, física y psicológica a la que era sometido lo motivó a escapar de su casa a los seis años.

Caminaba por las calles del municipio de Nezahualcoyotl en condiciones precarias y, en muchas ocasiones, cometía robos para sobrevivir, lo que lo llevó a consumir drogas y alcohol a una corta edad: “Un infierno que marcó mi alma”. Poco tiempo después regresó a su casa materna, pero el destino le tenía preparado otro revés al ser violado por el amigo de su hermano mayor, un dolor que lo recordaría todas las noches hasta el final de su vida.

Todos estos acontecimientos propiciaron que Calva Zepeda fuera un niño introvertido, con poco contacto social y con un creciente sentimiento de frustración y enojo. Su vida giraba en torno a su madre, pues anhelaba su aceptación y cariño, el que jamás recibió. Al crecer buscó que su madre aprobara a sus novias para continuar con la relación, se había hecho de una personalidad más empática; su primera relación formal fue en 1992, se casó a los 23 años y tuvo una hija; sin embargo, el matrimonio no prosperó.

En su interior aún se gestaba un sentimiento de odio y rencor, pero la cara que daba a los demás era la de un hombre carismático y elocuente; después de su separación continuó en búsqueda del amor y cortejaba a las mujeres con poemas que escribía; las relaciones duraban poco debido a la agresividad que presentaba a puerta cerrada, cuando ellas conocían la intimidad de Calva Zepeda, descubrían a un hombre adicto que gustaba de la pornografía y la zoofilia, además de que las agredía de manera física y verbal.




Realizaba “limpias” a sus parejas con alcohol y velas negras para liberarlas de pecados y pudieran ser dignas de estar con él, además de trabajar en un templo de sanación en el que practicaba diversos rituales espiritistas, también se decía escritor, novelista y dramaturgo. Al momento de buscar nuevas parejas siempre recurría al mismo perfil: mujeres de entre 30 y 40 años, madres solteras, con baja estatura, robustas y de pocos estudios y recursos económicos; sólo así podía cautivarlas fácilmente con su retórica y ayuda monetaria, además de que sus características físicas le permitían someterlas fácilmente. Siempre buscaba dominar por completo a la mujer, por lo que se le ocurrió “un acto caníbal para ejercer poder absoluto sobre ellas”.

En 2004 inició una nueva relación, la cual duró poco, pero esta vez, motivado por su personalidad psicópata, secuestró, torturó, asfixió y descuartizó a la mujer y dejó los restos en bolsas negras de basura; la segunda víctima de este caníbal se trató de una sexoservidora que trabajaba en el centro de la Ciudad de México, sus restos los volvió a empaquetar en dos bolsas de basura y presentaban el mismo patrón de asesinato.

José Luis Calva Zepeda vivía con un gran rencor hacia las mujeres y con un conflicto hacia su feminidad, a decir de los expertos: “entre más sádicos y crueles eran los homicidios, más sentía que lograba destruir su lado femenino y su latente homosexualidad”, así como generar control y acabar con el desprecio del cual sentía era objeto.

El tercer asesinato sería el más perturbador, después de un mes de noviazgo, su pareja terminó con Calva Zepeda, pero él la invitó a tomar un café a su departamento e intentó convencerla de regresar, al no aceptar comenzaron a discutir, y bajo los efectos de la cocaína, la golpeó y estranguló; desmembró el cuerpo en el baño para luego freír la carne y tirar parte de los huesos en una caja de cereal, con este acto poseía a su víctima, absorbía sus cualidades femeninas y así no lo abandonaría.

La policía arribó al departamento, alertada por la familia de la mujer, y un macabro espectáculo les daría la bienvenida. Calva Zepeda se suicidó en diciembre de ese mismo año, según reportes oficiales se colgó en una celda del reclusorio. El periodista Marcos Hernández Valerio relató a detalle este oscuro pasaje de la Ciudad de México en su libro El caníbal de la Guerrero y otros demonios de la ciudad, en él se incluye fragmentos de la declaración de Calva Zepeda, así como parte de los textos encontrados en el infame departamento de la colonia Guerrero.

En este texto de periodismo policíaco, el autor egresado de la UNAM, quien fuera Jefe de Información de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal, narra en un atrapante estilo distintos casos sórdidos que estremecieron a la capital del país, y los cuales pudo presenciar de primera mano. Acompañado de opiniones de expertos y un pliego de imágenes, cada línea llena de realismo sumerge al lector en la psique de estos “demonios”, para mostrarnos que la maldad puede caminar hombro a hombro con nosotros por las calles de la gran ciudad.

Fuente: Cultura Colectiva




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