El peor final tras una desaparición rodeada de datos falsos





Enérgica y acalorada, así se aparece Natalia Rodríguez. Es jueves 4 de octubre, pasan las 15 horas de una tarde soleada y Natalia se sienta delante de mí, clava sus ojos negros delineados y sentencia muy seria y sin sollozos que en algún lado tiene que estar Virginia Telis, su hija de 17 años desaparecida hace nueve días.

Desde que se ausentó la han buscado en fábricas viejas, campos, casas abandonadas. Natalia tiende a pensar que alguien la tiene y teme dejarla ir, por eso repite que por favor le entreguen a su hija, que por favor se la devuelvan.

—Muerta no la siento. La siento viva. Y también la siento cerca.

Hablamos de los supuestos secuestros que los vecinos vienen denunciando, de las camionetas que muchos dicen haber visto en circunstancias sospechosas, de los audios que circulan alertando sobre robos de niños y de la desaparición de otras cuatro chicas como Virginia, de entre 13 y 30 años, que en el último año faltaron de sus hogares, todos ubicados en Canelones, en un radio de 30 kilómetros: Yanina Milagros Cuello, Alison Iribarne, Inés Figueroa y Tatiana Etchecopar. La desaparición de Virginia fue determinante para que vecinos de Pando, Toledo, Barros Blancos, Villa García y Punta de Rieles decidieran movilizarse pidiendo respuestas. Esta semana hicieron cuatro cortes de ruta, dos de ellos organizados por Natalia y su familia.

La casa queda a pocas cuadras de la Ruta 8, kilómetro 26, en un pequeño barrio irregular al que llaman Bella Vista. En el living está Abigail, de 15 años, la menor de tres hermanas, jugando frente a una pantalla al Xbox. Hay varios cuartos hechos a nuevo, cada uno con un cartel que anuncia quién duerme ahí. La casa fue remodelada hace poco y la vieja construcción, al fondo del predio, quedó relegada. Hay un baño, una cocina y un comedor en desuso. De aquel bloque de hormigón solo mantienen en funcionamiento un cuarto en el que antes dormían las cuatro mujeres y ahora pertenece a Virginia, que se resistió a compartir habitación con su hermana mayor.

Entramos. La luz está permanentemente prendida por orden de su mamá. Hace frío, se siente un fuerte olor a humedad mezclado con pórtland y algo más que en el momento no consigo descifrar. Una cama vestida con una manta de Peñarol, un ventilador, una cómoda blanca sobre la que todavía hay alguna alhaja, un blíster de medicamentos a medio consumir, una cajita rosada, un folleto con su cara y el pedido de colaboración. En una pared, el escudo y frases de aliento al cuadro de sus amores; en otra, raíces de flores violetas unidas a corazones.

Dice Natalia que su hija es coqueta y delicada, más alta que sus hermanas, que tiene un cutis como de muñeca de porcelana. Dice que no aguantaría un solo día vestida con ropa sucia y que ya revisaron todas sus cosas para ver si se llevó algo, pero no. Lo único que falta es un diario íntimo.

—¿Un diario íntimo? ¿Y la Policía le prestó atención a eso?— pregunto, pero Natalia me dice que no y Abigail mueve la cabeza en señal de duda. El diario que falta fue un regalo de Natalia a su hija cuando, un mes atrás, la vio escribir sus intimidades en una cuadernola de liceo.

—Cuando se lo di me abrazó y me dio un beso. Le dije que cuando quisiera desahogarse, ya que no le gustaba mucho hablar, que escribiera ahí. Ella es como yo: no le gusta que le hagan preguntas. No le gusta que le digan ¿qué te pasa? Le gusta acercarse y contártelo.

Salimos del cuarto y nos preparamos para recorrer el trayecto desde la casa al almacén, unas cinco cuadras que Virginia caminó el martes 26 de septiembre a eso de las 22:30 horas. Antes de salir de la casa veo colgado en el living un cartel que dice que años atrás Abigail ganó el “premio a la mejor sonrisa” de la escuela. Le hago un comentario buscando esa sonrisa. La consigo. Nos retiramos y ella vuelve a quedar frente a la pantalla del Xbox.

¿Cómo es una madre que busca a su hija desaparecida?, pienso mientras veo a Natalia caminar por esas calles de pedregullo. Le miro las uñas rojas que no llevan más de uno o dos días esmaltadas, el reloj rojo y otra pulsera roja en combinación. El pelo está limpio y lacio, lleva un jean ajustado y un buzo también al cuerpo, nada está fuera de lugar, nada revela descuido. Busca a su niña con la fuerza de una leona, pero su vida no se detiene, supongo. Dice que solo se quiebra cuando no le queda más remedio que irse a acostar, ya de madrugada, y entonces mira el celular y las fotos de Virginia. Tampoco apaga la luz de su cuarto. No quiere ver oscuridad.

La noche que faltó, Virginia había estado en el cumpleaños de un familiar. Cuando terminó, acordó con una prima que pasaría por su casa y luego volvería a reunirse con ella para conversar. Efectivamente entró, prendió la luz de su cuarto —porque Natalia, entredormida, la oyó—, salió al minuto y después, en vez de ir a lo de su prima, fue al almacén. El que atiende allí está muy seguro de haberla visto y dice que compró una bandeja de ojitos.

Natalia camina y los vecinos se le acercan. Frena una moto con dos mujeres que dicen que ya buscaron en tal lado, que van a tal otro. El barrio está movilizado por Virginia. Todos los días llegan pistas nuevas que hay que rastrear y alimentan la esperanza de encontrarla. Además, un reconocido vidente se contactó con ellos y les dijo lo que, según Natalia, todos sienten: que está viva, y que está cerca.

Mientras tanto, Abigail, la de la sonrisa más linda, piensa en el faltante diario íntimo de su hermana, deja de jugar y se dispone a buscarlo por toda la casa.

Lunes 2 de octubre, 15 horas, kilómetro 36 de la Ruta 6. Una pareja de deportistas encuentra a Lucía (no es su nombre real) atada de pies y manos y amordazada en la escalera de un puente de Sauce, Canelones. Llaman a su abuela, Mariela, que desde hace tres meses tiene la tenencia de la adolescente de 14 años. Le dicen que se quede tranquila, que su nieta está bien, que vaya a la seccional. Le preguntan si reconoce sus pertenencias. La interrogan sobre Lucía, sus particularidades, sus amistades, y ella no entiende por qué demoran tanto en reunirlas.

Cuando se encuentran, en la emergencia del Pereira Rossell, la adolescente está embarrada de pies a cabeza sobre una camilla, con un collarín, marcas en la cara, cortes superficiales en brazos y tobillos, algún hematoma. Mariela le limpia la frente con agua. Ella la observa con sus ojos bien abiertos sin decir nada.

Lucía se dirigía a estudiar ese lunes al mediodía. Cuenta que se bajó una parada antes para comprar boletos, pero que se dio cuenta de que no le daría el tiempo y decidió caminar hacia el liceo. Lo único que recuerda, según les dijo a sus allegados, es que sintió voces detrás de sí y entonces alguien le tapó la cara con un pañuelo. Luego se despertó atada en medio de un charco debajo de un puente y, como pudo, se trasladó hasta los escalones para que alguien la viera.

—¿Qué crees que le pasó?— le pregunto a su abuela en la entrada del hospital pediátrico. El padre de la niña está ahí, a su lado, pero prefiere que la que hable conmigo sea la señora que evidentemente se hizo cargo de la situación.

—La conclusión que sacamos con él es que la aprontaron para trasladarla de auto, o vieron algo sospechoso y la largaron.

—Como que se la querían llevar pero algo se los impidió.

—Claro. Otra opción puede ser que de repente buscaran a tal chica y se equivocaron. Y al ver que no era, la tiraron. Puede ser eso también. La mochila no la encontramos, pero obviamente no vas a drogar a una chiquilina para sacarle la mochila.

Es miércoles. Lucía lleva dos días internada. Le sacaron sangre al menos cuatro veces, le tomaron tres muestras de orina, le hicieron un exudado vaginal, uno anal y otro bucal. La vio un asistente social y una psicóloga. Sin embargo, hasta ese momento nadie les dio una explicación. Nadie les informó el resultado de algún examen. Mariela dice que los policías de Investigaciones de Pando se hicieron presentes para interrogarlos, pero que todos actúan con un estricto hermetismo y eso les lleva a pensar que lo de Lucía puede tener que ver con la supuesta ola de secuestros de la que tanto se está hablando. Y agrega Mariela:

—No sabemos qué pensar. Es un rompecabezas, pero no lo sabemos armar. Ponemos piezas por acá y por allá, pero no congenia nada.

***

Ahora estamos en Camino Maldonado, kilómetro 12.500. Es jueves a las 18 horas y un grupo de unas 30 mujeres con otros 30 niños cortan la calle, queman sillones y neumáticos. Tienen un solo cartel que pretende decir (con errores de escritura) “Basta de secuestros, queremos justicia”. Estaban esperando cámaras de televisión pero se conforman con nosotros y nos aplauden. La más bulliciosa de las manifestantes acepta hablar en representación de todas, aunque declina dar su nombre.

—Estamos reclamando porque están desapareciendo niños en la zona. Y hoy a las tres de la tarde, en la escuela 262, se metieron tres encapuchados adentro, a los tiros limpios. Llamaron a los padres y no les dijeron nada. Está desapareciendo gente en la zona. Los niños van a la escuela, pasa una camioneta blanca, se baja, cinchan los niños a las madres. Tenemos mucha inseguridad con nuestros hijos que van a la escuela.

Entre aplausos, gritos e insultos a los conductores que osan pasar por el costado, intento obtener más detalles de sus afirmaciones, pero mis preguntas no son bienvenidas y ellas se aferran al discurso previo. Otra mujer agrega que llevan a sus hijos a la escuela y no saben si volverán a verlos. Dicen que la Policía “está al pedo, tomando mate y jugando a las maquinitas”, que lo que menos hace es cuidar a los gurises de los secuestros.

—¿De qué secuestros hablan?

—De los secuestros de los niños, de las mujeres. ¡Está todo el barrio manifestándose por lo mismo! Si te ponés a mirar en las redes vas a ver a los supuestos muchachos. Hace una semana que estamos con esto. Lo que pasa es que hay mucho tráfico de órganos, y la Policía no se quiere hacer cargo —dice la señora que oficia de vocera y a la que los oficiales presentes (del grupo Puma y de la Republicana) le piden los datos. Después de dárselos, me anuncia que si alguna de sus cinco hijas mujeres llega a desaparecer, como Virginia, les prenderá fuego la comisaría.

Segundas partes.

Ya estamos terminando el recorrido que supuestamente hizo Virginia cuando un auto blanco se nos acerca despacio y dos hombres jóvenes entrefrenan para dirigirse a Natalia.

—Nati, ¿recibiste el audio?

—¿Qué? ¿Por?

—No sé, Abi me llamó.

—¿Cuándo?

—Recién. Me llamó llorando y me dijo que… que la Virginia estaba colgada en el fondo, en el baño.

—Mentira.

—Te juro, te juro— dice Gastón, que es el novio de Abigail y está llorando.

—¡Mentira, mentira!— grita Natalia, que en cuanto logra procesar las palabras de su yerno se pone a correr, y nosotros tras ella. Corremos unos segundos hasta que con el fotógrafo nos miramos y decidimos detenernos para no invadir. El barrio empieza a asomarse. Cada vez más llantos, cada vez más gritos y miradas incrédulas. Virginia no estaba desaparecida ni secuestrada: estaba muerta en un baño de su casa.

Abigail fue quien la encontró. Buscaba el diario íntimo pero se encontró a su hermana colgando del caño de lo que antes fue una bañera, a dos metros del cuarto donde hace menos de una hora hablábamos de Virginia. Sintió olor, se asomó, vio moscas y una mano violeta, y no fue necesario más nada. Ahora la escucho llorar. Dice que siente dolor en el cuerpo.

Sin saber qué hacer, nos acercamos tímidamente al frente de la casa que se convirtió en un escenario de muerte, y observamos en silencio. Entre los allegados aflora la pregunta obvia: ¿no habían buscado ahí? Marcelo, tío de Virginia, está seguro de que la Policía registró todo. Viernes y sábado persiguieron su rastro con el plantel de perros, y nada. Al parecer, tampoco los perros de la casa olfatearon el cadáver. ¿Y si colocaron el cuerpo? ¿Si no fue un suicidio? Todo es incertidumbre.

Llegan de a poco los móviles policiales y crece la tensión. Algunos empiezan a insultar a los oficiales por omisos. Los familiares del lado paterno cruzan culpas con los familiares del lado materno, se gritan y se aprontan para pelear, pero dos oficiales los frenan. Una tía de la fallecida les grita a los vecinos que se vayan, que respeten el dolor ajeno. Los vecinos se molestan porque antes les pedían ayuda y ahora los descartan. El novio de Virginia mira consternado desde una columna. El día de su muerte habían discutido.

Ayer, sábado, la adolescente fue enterrada en el cementerio de Pando. Al cierre de esta edición sus familiares todavía desconocían el informe del médico forense. La Policía admitió que efectivamente nunca registraron ese baño porque asumieron que si la denunciaban como ausente, era porque ya la habían buscado en su casa. Anoche, la hipótesis de suicidio era casi una certeza. La Policía maneja el dato de que Virginia había intentado quitarse la vida otras veces.

Entre tanto, en el Pereira Rossell, las dudas en torno al episodio de la adolescente atada empiezan a despejarse. Personal del hospital le comunicó el viernes a Mariela que Lucía no fue abusada sexualmente. Al menos eso está descartado.

Según una fuente policial, subyace una situación “compleja” a nivel familiar porque Lucía no vive con sus padres. Primero la cuidaron sus abuelos paternos y ahora lo hacen sus abuelos maternos. La madre es, como la describe su propia abuela, “bohemia, liberal”. Por otra parte, la Policía sugiere que a la adolescente ya se la encontró en un “episodio similar” en Mercedes, donde vivía hasta hace tres meses. Además, dicen que Lucía ha llamado la atención en el liceo de Sauce con actitudes que revelan “falta de adaptación”.

La adolescente sigue internada. Su abuela cuenta que, a pesar de su extrema timidez —ahora acrecentada—, comienza a mostrar signos de mejoría.

Finalmente, las madres que se manifestaban el jueves en Camino Maldonado terminaron participando al día siguiente de una charla a cargo de distintos jerarcas del Ministerio del Interior en el colegio Vedruna, cerca de la escuela 262. Entre padres de ese colegio circulaba desde el lunes un audio en el que alguien contaba que habían querido secuestrar a un niño de cinco años en la puerta de la institución. El sociólogo Gustavo Leal, director del programa de Mesas Locales para la Convivencia y Seguridad Ciudadana, les planteó: ¿en ningún momento alguno de ustedes se preguntó quién era el niño raptado? Según contó Leal, muchos padres sintieron vergüenza porque, de hecho, no se lo habían cuestionado.

Un “combo de pánico”: así define Leal el fenómeno que une a Virginia Telis, a Lucía y a los padres de Camino Maldonado. “A partir de algunos hechos de denuncias concretas de adolescentes que han faltado de sus casas, concentrado en Canelones, se viraliza un conjunto de información falsa donde se adjudica a alguna de estas situaciones el hecho de ser parte de una ola de secuestros”, explica Leal. Dice que en ese combo confluyen la divulgación de información falsa de parte de grupos criminales que quieren desorientar a la Policía, el “uso político” de quienes pretenden instalar la idea de que “la seguridad está fuera de control porque ahora secuestran niños y encima ocultan la información” y, por último, gente que divulga el contenido falso con intenciones solidarias. “Así, se siembra una desconfianza en la institucionalidad”.

Y agrega Leal: “En este estado de situación, donde se instala el pánico más que el miedo, la gente asume comportamientos irracionales”, como cortar una calle sin saber explicar con claridad los motivos. O como denunciar por intento de secuestro a un hombre que frenó de golpe su vehículo y abrió la puerta para pedir que los niños jugaran lejos de la calle. Esto último efectivamente sucedió el viernes por la mañana. La señora, al conocer la versión de su acusado, retiró la denuncia y pidió disculpas.

También esta semana, Valeria Ferreira, de 18 años, iba caminando por la Ruta 8 a la altura del kilómetro 26, cuando de repente frenó a su lado un “auto gris, divino, de vidrios negros polarizados”, según contó para esta nota. Alcanzó a ver el pelo negro de un hombre que decía “es a ella” y a oír a una mujer responderle “dale”. En ese momento salió corriendo, con su bebé en brazos, y cuando se detuvo, los había perdido.

Leal no conocía este relato, y se interesa:

—¿Me pasás el nombre y la seccional?


La niña de 13 años que lleva 16 días fuera de su casa.

Tatiana Etchecopar tiene 13 años y lleva 16 días desaparecida. Salió de su casa ubicada en el barrio de la Aguada y no volvió. En una ocasión, su madre recibió un mensaje de texto que decía “Estoy bien”. Día y noche la madre y su abuelo la buscaron por los barrios Aguada, Tres Cruces y Cordón sin resultado alguno. No es la primera vez que Tatiana se va de su casa. “Siempre volvía a los pocos días”, dijo su madre a El País. La familia realizó la denuncia en la Seccional 4ª (Aguada y barrios aledaños) y en la Dirección General de Lucha contra el Crimen Organizado.Fuentes policiales indicaron a El País que surgió una pista que podría conducir a encontrar a la menor desaparecida.


Según la Policía, no hay un nexo entre las que siguen ausentes.

“¿Dónde están? Siguen desaparecidas”, advertía a principios de agosto un afiche de la organización Encuentro de Feministas Desorganizadas. Contenía los rostros y datos de 16 mujeres ausentes desde 2014 a la fecha. Esta semana, un posteo similar se hizo viral en Facebook. Este último unía los casos de cinco chicas desaparecidas en el último año y en el eje de la Ruta 8, según la publicación: Yanina Milagros Cuello (16), Alison Iribarne (30), Inés Figueroa (21), Tatiana Etchecopar (13) y Virginia Telis (17). Por ellas se realizaron esta semana cuatro cortes de ruta. En uno de ellos, el jefe de Policía de Canelones, Osvaldo Molinari, dijo a la radio El Megáfono que “lo que se maneja en redes sociales de supuestos secuestros de jóvenes no es algo oficial”, y que “no existen denuncias de secuestro o tentativa en la zona de Ruta 8 o Ruta 6”. “Se crea alarma pública de cosas que no son así, nosotros no tenemos la misma percepción porque no hemos recibido denuncias”, alegó. El encargado de la Dirección de Lucha contra el Crimen Organizado e Interpol, Julio Sena, del que depende el registro de Personas Ausentes, dijo a El País que “no se ha encontrado conexión alguna” entre los cinco casos. Agregó que en lo que va del año van más de 1700 expedientes de desapariciones.


Imágenes y audios falsos que circulan hoy en Uruguay
PAREJA EN TODA AMÉRICA LATINA.

Una de las imágenes falsas que circulan contiene a una pareja de supuestos secuestradores. Esa imagen, así como otra de unas camionetas, provienen de México y vienen causando temor en toda América Latina.

LOS HOMBRES QUE ACECHAN ESCUELAS.

Otra imagen falsa, que proviene de noticias de Paraguay, alerta sobre cuatro hombres que “andan rondando las escuelas robándose niños”. El afiche falso advierte que los individuos son traficantes de órganos.

LA SUPUESTA CONFESIÓN DEL 911.

También circulan audios falsos. En uno dicen que “la Policía está matando a los pibes en las esquinas”. Otro es la voz de una mujer asegurando que el telefonista del 911 le admitió que hay “muchos casos” de secuestros.

Fuente: El País

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