Fin del cantegril más viejo

Foto: D. Battiste

A cinco cuadras de avenida Italia y Comercio, un ancho cantero divide a la avenida Larravide en dos realidades. Una de casas de material, revestidas con ladrillo y con los servicios básicos; otra de ranchos de chapa y madera, surcados por calles de tierra irregulares y cunetas por las que corre un agua verdosa, directo desde los baños sin saneamiento. Sobre el lado norte, los vehículos no circulan y esqueletos de autos, algunos caballos y la constante de la basura dan la bienvenida a Isla de Gaspar.

El asentamiento más antiguo de la capital, lucha desde los años 1940 entre el barro y la basura. Pero, si la regla se rompe y la última promesa de las autoridades se concreta, en marzo de 2018 habrá dejado de existir. Se pondrá fin a la caminata empantanada que empezaron algunos vecinos en 1985 para mejorar sus condiciones de vida.

Ese año, Shirley Medina, Pelusa, como la conocen en el barrio, comenzó a golpear las primeras puertas para lograr mejoras.

Desde el living de su casa, en Larravide casi Isla de Gaspar –la del chasis de la camioneta blanca, describe, y una de las pocas viviendas de material–,recuerda que fue una de las pocas en el barrio que por entonces sabía leer y escribir.

Aprovechaba los encuentros en la única canilla que había en el barrio, a donde las más de 200 familias iban a buscar el agua en baldes, para pensar cómo comprar championes para los niños o hacer la comida más barata para que “dejaran de comer directo del carro”. Un trabajo de hormiga que de a poco fue dando resultados: en 1987 llegó la luz, en 1990 el agua y en el 1995 la calle. Pero, después de más 30 años, muchos siguen esperando por una vivienda digna.

“Isla lo espera”
Una grieta se abre entre las paredes y deja entrar un haz de luz a la vivienda. Pelusa cuenta la desilusión de los vecinos cuando un estudio de 2005 determinó que el suelo estaba contaminado, por lo que no podrían regularizarse. Habría realojos, pero en ese momento “no se podía”, fue lo que dijeron las autoridades. Cuenta cómo persiguió al entonces intendente Ricardo Ehrlich a cada acto que iba, con un cartel que decía “Isla lo espera” hasta que consiguió que se comprometiera a realojarlos. Y las cartas que envió luego a Ana Olivera, tras el cambio de gobierno.

“El que avisa no traiciona. Si no tenemos respuesta la próxima semana vamos a la explanada”, escribió en una carta a la intendenta. El martes siguiente sonó el teléfono: era Olivera. “Eso fue en setiembre de 2011, y el 28 de diciembre se firma el convenio de la relocalización total”, relató Pelusa como un triunfo.

El suelo contaminado, altos índices de materia fecal y de plomo pusieron como prioridad el sacar a las familias del lugar. Pero los procesos se tornaron largos y de las 234 familias que fueron censadas en 2013, 102 siguen viviendo en ese “mundo aparte” que es Isla de Gaspar.

Las siete hectáreas que ocupa Isla de Gaspar ocultan una visión más cruda. Bajando “la montaña” –como le dicen los vecinos a la parte más alta del asentamiento–, las calles de tierra dieron lugar a pasadizos y a casuchas escondidas entre árboles y pastizales, en un paisaje casi selvático. Caminando entre esa decadente precariedad, el mundo parecía irreal y la grieta en la pared de Pelusa, una anécdota.

“El asentamiento es un círculo. Te absorbe. Quedás estancado en la miseria”, asegura Gualberto Rivarola una mañana de octubre en su cabaña de madera construida por Techo, donde vive desde hace 12 años cuando se mudó al asentamiento. Mariela Céspedes, su esposa, fue una de las primeras en instalarse sobre Larravide. Tiró los arcos de las canchitas de fútbol que había hasta los 80 sobre la avenida y armó su rancho.

Pelusa vivía allí desde la década del 70 y vio como se comenzó a poblar esa parte del barrio. Las familias llegaban a trabajar en la Cantera de los Presos, iban a reciclar o en busca de dónde instalarse tras un desalojo. “Se fueron haciendo sus ranchitos y se formó el cantegril”, explica.

Por esa época llegó también al barrio Zully Rodríguez, que hoy espera por su nueva vivienda. Su familia se mudó a Montevideo desde Rivera cuando ella tenía 15, en 1971. Y un año más tarde, al no poder pagar el alquiler, llegaron a Isla de Gaspar. Hoy, con 59 años, asegura que nadie conoce el asentamiento como ella. Fue ahí donde acampó tres meses cuando recién se casó. Donde pasó “las de Caín” para criar a sus 14 hijos entre la lluvia y el barro. Desde donde salía en el carro para buscar qué clasificar.

Una gallina se pasea por el living, salta a la mesa, de nuevo al piso, y sale hacia la calle, mientras Zully sigue el relato de su vida en Isla de Gaspar. “Yo me vine para acá y dije: ‘Va a ser mi última morada’, porque para otro lado nunca podría comprar nada”. Pero con el realojo, surgió una nueva oportunidad.

Promesas y ¿hechos?
La esperanza volvió a Isla de Gaspar en 2013, cuando se mudaron las primeras familias a viviendas usadas. Las antiguas casas se demolieron, una condición básica para realizar los realojos, afirma la directora de Desarrollo Urbano, Silvana Pissano. Dos años más tarde las autoridades afirmaban que el asentamiento estaría vacío en 2016 pero hasta principios de este año no hubo nuevas relocalizaciones, y los escombros eran la única muestra de que todavía había esperanza.

“Yo estoy esperando, deseando; tenés que pagar luz y agua pero ya es otro modo de vida, ya no tenés que estar tanto en el barro. Yo estoy asqueada”, afirma Zully. Sus palabras se hacen carne cuando muestra el fondo de su vivienda: un pantano de lodo, bolsas y de todo tipo de desechos, donde se pasean los perros y su nieta menor juega en un carro de caballos.

“¿Sabés cómo va a ser tu casa?”
“De piedra, no sé”, contesta la niña.
“¿Cómo que no sabés?”, le retruca su abuela, “por lo menos vas a tener duchero”, dice entre risas.

El sueño de la casa propia
Este 12 de diciembre Gualberto se levantó a las 4 de la mañana. Estaba previsto que el camión de la mudanza llegara a las 9.30. No era ansiedad, dice, a él le gusta tener todo ordenado. Hacer las cosas con tiempo.

Los martillazos y el crujir de las chapas arrastradas en el piso se escuchaban desde la calle. Los nietos de Mariela desmantelaban el rancho mientras un ropero, una cómoda, la heladera, la cama y el colchón; una mesa, televisores, y varias bolsas negras esperaban ser trasladadas. A la hora acordada toda su vida subió a un camión, y Gualberto partió rumbo a Rufino Domínguez y Ciudad de Azul.

Mariela lo esperaba en el número 2147. “Pensé que me iba a morir y que nunca la iba a ver. Imagínate, yo tenía 19 años cuando me anoté por primera vez para una vivienda, tengo 53”, dice Mariela. La emoción contenida se delata en sus ojos vidriosos, pero también son muchos recuerdos los que quedaron en Isla de Gaspar. “Ahí nacieron todos mis hijos, son 28 años”, afirma. Pasar las fiestas en la nueva vivienda era una ilusión, asegura una de sus hijas. “No pensábamos en cómo sería la casa sino en poder salir de ahí”, asegura.

Zully, Pelusa y otras 55 familias serán las últimas en dejar el barrio. Para la mayoría, que viven de la clasificación, su destino estará en Cochabamba. Pero no todos están conformes con las viviendas.

“De la mitad de las cosas nos tenemos que deshacer. Nos están dando una pocilga, una caja de fósforos”, se quejó una de las beneficiarias sobre el tamaño de las casas durante una recorrida por la construcción, a principios de noviembre. Fueron varios los comentarios del estilo, y que cuestionan también qué hacer con sus chanchos, perros y gallinas, dónde irán los carros con caballo.

Una vez que todos se hayan ido, y cuando solo queden escombros, la comuna planea utilizar las siete hectáreas de Isla de Gaspar para instalar un parque, aseguró a El Observador el coordinador del Proyecto de Integración de Asentamientos Irregulares, Sebastián Rodríguez. Según un estudio encargado por la comuna, hay zonas del asentamiento “donde todavía hay una contaminación muy importante”, que se intentará remediar en el marco de un plan de revitalización de Larravide en toda su extensión.

Zully asegura que sin duda van a vivir mejor. Cuando sus compañeros de trabajo reclaman porque quieren ir a su casa ella piensa: “Todavía no”.

“Me quiero ir cuando tenga la vivienda, que llegue, me apronte mi mate, y me siente a mirar la tele tranquila; sin preocuparme por el barro, por la lluvia que entra. Porque acá cuando se llueve esto parece un pantano, un pantano verdadero”, sentencia.

Fuente: El Observador




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