Iba a jubilarse y recorrer el país en una casa rodante pero lo pararon 30 puñaladas

La cámara de seguridad del Hotel Ideal marcaba las nueve y siete minutos del domingo cinco de febrero de 2017 cuando Mario Texeira se despidió del dueño. Le tocaba empezar el turno de la noche en recepción cuando otro reloj empezó a correr: le quedaban tres minutos de vida.

Él no lo imaginaba –¿quién puede anticipar así su muerte?–, pero 20 minutos después la policía y los paramédicos llegarían al hotel para encontrarlo en el piso, ensangrentado tras ser apuñalado 30 veces, y degollado. “¿Dónde está la plata?, dame la plata, ¿la plata dónde va?”, esas son las últimas palabras que escuchó.

Durante los 26 años que Mario había trabajado en el Hotel Ideal, su rutina había sido la misma. Llegaba a las 21 y se iba a las siete de la mañana del día siguiente. Pero también tenía otros planes. Estaba esperando a jubilarse para comprar una casa rodante y salir a recorrer el país.

Un día después del domingo fatal sonó su celular. Le querían avisar que le había salido la jubilación. Pero la llamada llegó un día tarde.

Modus operandi
A dos cuadras del Hotel Ideal está el Hotel Hispano. El viernes antes del asesinato de Mario, un hombre había entrado allí a robar. En la recepción había una sola empleada que estaba contando el dinero y que le abrió la puerta creyendo que era un huésped.

El hombre dijo hola y no necesitó muchas palabras más para conseguir su objetivo:
–Esto es un asalto. La plata, dame la plata, toda.

Ella le pidió que no le hiciera nada, él le dijo que se quedara tranquila, la mandó al ascensor, agarró la plata de la caja y se fue.

El acusado
–En realidad yo soy muy drogadicto.

Esa fue la carta de presentación de Carlos en el juzgado. Primero habló de los cigarrillos, después de la cocaína y por último de la pasta base. Dijo que se drogaba desde hacía unos 23 o 24 años y que había llegado en enero a Uruguay desde Argentina, donde había vivido durante 30 de sus 40 años.

Le dijo al juez que el 14 de enero le había prestado unos US$ 350 “al señor canoso” del hotel, a quien apodaban Roke. Se refería a Mario. Agregó que ya le había devuelto unos $ 5.000 y que le había prometido el resto para febrero.

Sentado frente al juez, Carlos contó que esa noche sobre las 21 horas subió a reclamar su pago. Según recordó, llegó a preguntarle cómo estaba y si tenía el dinero que le debía. Carlos aseguró que el supuesto Roke le dijo que iba a tener que esperar un poco más para recuperarlo.

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–Él baja detrás mío, por la escalerita hasta la puerta de vidrio y me empuja cuando yo iba a abrir la puerta. No sé por qué y me doy la vuelta. Él tenía la mano contra el bolsillo, del pantalón o la cintura, no lo vi bien, no sabía qué era, algo quería sacar.

Carlos dice que el recepcionista lo empujó y con el codo rompió el vidrio de la puerta. Aclaró que estaba muy drogado y que, como no quería que sacara nada del bolsillo, lo apuñaló.

Los funcionarios judiciales presentes en la audiencia le mostraron un video en el que se lo ve entrando al hotel con la cara cubierta y le preguntaron el motivo. Carlos reculó.

–No me acuerdo por qué me tapé la cara.

–¿Cómo explica usted que lleva un objeto cortante en la mano derecha como se aprecia en la filmación?

–La verdad, tiene razón, estaba muy drogado. No le quise mentir y pensé que era un puñetazo, ahora que está la imagen congelada me doy cuenta que es mi navaja.

Dijo que llevaba guantes porque llovía y que le dio más de dos puñaladas, pero no pudo explicar por qué en el video no se veía ni escuchaba nada del diálogo que había recreado unos minutos antes.

La hija y la esposa
Alice y Mario Texeira tenían una tradición. Como todo padre, él le decía que no anduviera dando vueltas sola de noche. Ella, que también trabaja en un hotel a la vuelta del Ideal, lo ignoraba y pasaba a visitarlo para conversar un rato después de terminar su turno, cerca de las 22.

La noche que mataron a su padre, el guardia de seguridad del hotel donde trabaja le advirtió que tuviera cuidado con los locos que andan en la calle. Alice terminó el turno y se encontró con su marido, que la esperaba en la puerta, pero de espaldas. Estaba mirando algo que pasaba cuadras arriba y, cuando se dio vuelta, le pareció que era él el que tenía gesto de loco.

–Tenés que ser fuerte, le dijo.

Los minutos de desconcierto se despejaron con las luces de las ambulancias en la puerta del Hotel Ideal. Algo le había pasado a su padre.

Desesperada, Alice insistió a los funcionarios policiales que estaban en el lugar. Necesitaba verlo. Dice que debe haber sido por el shock, pero que eso era lo único que quería en el momento. En cambio, recuerda que le preguntaron si su padre tenía bienes gananciales, y eso la enfureció. No la dejaron verlo, pero cuenta que alguien le ofreció mostrarle fotos y le espetó:
–Son 30 puñaladas y está degollado.

Mientras Alice esperaba en la puerta del hotel, su madre, Eva Coitiño, llamaba a Mario al celular. Estaba nerviosa porque no le había llegado el mensaje de todos los días, en que reportaba su llegada. Marcó también el número de Alice, la mayor de sus hijas mujeres, que solo pudo atinar a decirle que estaba saliendo del trabajo.

Más tarde por la noche, ella y su hermana la visitaron para decirle que Mario había muerto. Prefirieron decirle que la culpa la tuvo un infarto, producido por el estrés del robo. Sin embargo, antes de que enterraran a su padre, a Eva la llamaron a declarar y tuvieron que explicarle lo que pasó.

Alice cuenta que tras convivir durante medio siglo, sus padres no podían estar el uno sin el otro.
Eva trabajaba en la limpieza del hotel y, aunque su horario empezaba a las siete de la mañana, prefería ir a las seis para tomarse unos mates con su esposo. Tenían horarios cruzados y aprovechaban las horas que podían para estar juntos. En los días libres eran una pareja casada, pero durante el resto de la semana eran amantes, así se lo contaban al resto. Y se esperaban hasta para bañarse, narra su hija.

En su declaración a la justicia, Eva dijo poca cosa.
–A él lo quería todo el mundo, hacía 28 años que trabajaba en ese hotel y estuvimos casados 50 años. Era una excelente persona, excelente padre y muy trabajador. Vivía para su familia.

Alice fue la que atendió el teléfono cuando llegó la llamada que confirmaba la jubilación de Mario, un día después del homicidio. Su respuesta fue preguntarle al funcionario del BPS por qué no había llamado el viernes. En ese escenario, su padre aún estaría vivo.

Lo que realmente ocurrió
Hubo dos cámaras dentro del hotel que sirvieron como testigos, la de la recepción y la que daba a la escalera. Mario murió en el punto ciego que hay entre las dos. Apenas pasadas las nueve, la filmación muestra cómo se despide del patrón, desaparece del campo visual y vuelve a aparecer, parado frente a la televisión. Él no lo sabe, pero en el monitor de la recepción, a pocos pasos suyo, se ve cómo Carlos sube la escalera del Hotel.

La puerta está abierta y suena el timbre que alerta cuando se abre y se cierra. Carlos se le acerca, de guantes, campera y cara tapada, con un objeto alargado que parece un cuchillo. Mario le dice que no le haga nada, pero al mismo tiempo tiene algo en la mano que prende y apaga una luz y se lo acerca al delincuente.

Al sentir la amenaza, Carlos lo golpea y desaparece con él. Este intercambio dura unos 20 segundos. A partir de ahí, se trenzan en un enfrentamiento que la cámara no registra y lo único que se escucha es el “dame la plata” incesante. Y golpes, varios golpes.

Carlos aparece dos veces más en la recepción. La primera revuelve las cosas, pero no encuentra lo que busca. La segunda, aparece con el cuchillo en la mano, abre un cajón y se lleva la plata. Según constataron los investigadores, robó unos $ 2.000.

La pista clave está en las cámaras Ministerio del Interior. En ellas, se ve cómo Carlos sale del hotel, tira algo en un contenedor y entra en una pensión, esta vez, para quedarse a dormir. La Policía lo esperó, lo vigiló y lo capturó a la mañana siguiente, mientras fumaba. Antes de terminar el interrogatorio, el juez le mostró una serie de imágenes que él se negó a ver. Las reconoció, pero no las pudo mirar. Desmintió haber robado en el Hotel Hispano, dijo que lo indujeron a confesar con violencia, pero al ver los videos de la cámara del hotel admitió toda la culpa.

–Realmente me tiraría por la ventana, no quise ver las fotos, no me hubiese gustado estar en la situación del hombre. Tirarme por la ventana y sufrir más de lo que sufrió él.

El abrazo
Ya pasó un año del homicidio y el Hotel Ideal remodeló parte de la recepción. La sensación que les queda en este hotel con setenta años de historia es que después de la muerte de Mario van a tener que trabajar más encerrados que nunca. Carlos fue procesado con prisión por homicidio muy especialmente agravado en reiteración real con un delito de rapiña. Por estos meses está previsto que se le haga una pericia psiquiátrica. Todavía no hay sentencia.

Hay algo que Alice todavía no se puede explicar, y es por qué su padre no cerró la puerta, si era un tipo metódico, que siempre trancaba. Todavía le cuesta dar vuelta a la cuadra hacia la terminal en vez de seguir hacia el hotel donde trabajaba Mario.

Sin su padre para advertirle de los peligros, la sorprende no sentir miedo. No se lo puede explicar, pero ese estado de alerta ante los riesgos de la noche entre el Centro y la Cuidad Vieja se esfumó, al igual que el abrazo.

–Ese abrazo que te daba, yo iba siempre por ese abrazo. Ahora no lo tengo más.
Los primeros días después de reintegrarse, imaginaba que las ambulancias todavía estaban ahí, en la puerta del hotel que le queda tan cerca del trabajo.

Fuente: El Observador

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