Jerarca de Interior admite que el “Estado fracasa” ante ola de homicidios

Los hospitales de Montevideo son los museos de la violencia. Los cuerpos desnudos sobre las camillas estacionadas en el quirófano son una pintura de los que sucede en parte de la sociedad, y se parecen mucho entre sí. Varones, de mediana edad, con lágrimas tatuadas —en recuerdo de sus muertos— y cinco puntos esculpidos en la piel —cuatro que rodean a uno— en símbolo de que, pese a todo, se enfrentará a la policía. Hasta el vocabulario parece salido de un mismo guión. Al doctor le dicen “Pelado o Tío” y ante la pregunta de por qué lo balearon la respuesta se repite: “Estaba caminando y me sentí herido”.

En lo que va del año hubo, en Uruguay, 69 homicidios consumados. Son apenas la punta de un iceberg que concentra cientos de heridos de arma de fuego, amenazas y allegados que juran venganza. “Hay veces que los familiares me dicen: Pelado, en una ratito tendrá que atender al culpable y acto seguido salen disparando de la sala de espera”, cuenta Fausto Madrid, cirujano de emergencia del Pasteur, hospital que en lo que va del año atendió a 90 baleados.

Dentro del Ministerio del Interior se admite que hay “un aumento” en la cantidad de delitos violentos, pero se subraya que “recién va el 15% del año como para sacar conclusiones o hacer comparaciones”. Eso sí: la foto ampliada, esa que se cierra anualmente, da cuenta de la crecida.

En las últimas tres décadas, Uruguay registró una tasa promedio de 6,7 homicidios cada 100 mil habitantes. En el último año la tasa se ubicó a 8,1. Si bien no es el récord del período (en 2015 fue mayor), sí muestra “que ha habido un agravamiento”, reconoció Gustavo Leal, director de las Mesas Locales para la Convivencia y Seguridad Ciudadana del Ministerio del Interior.

Uruguay no está aislado y forma parte de la región más violenta del mundo. La tasa de homicidios en América Latina triplica al promedio uruguayo. De hecho algunas ciudades de Brasil, que integran la selecta preferencia de veraneo de muchos uruguayos, “tienen tasas hasta siete veces mayores”, explicó Leal, quien aclaró que “esto no minimiza el problema que tenemos como país”.

¿Qué explica, entonces, el aumento de los homicidios a nivel local? Entre el “renunciá Bonomi” y esto es el “coletazo de la crisis de 2002”, los sociólogos eligen algunas miradas más amplias. Casi la mitad de los asesinatos registrados el pasado año (45%) estuvo relacionada al conflicto entre criminales. No necesariamente se trató de un “ajuste de cuentas”, porque puede que no haya una deuda a cobrar.

En algunos sectores de la sociedad, sobre todo del área metropolitana, “el Estado fracasa”. Leal no habla de ausencia del Estado, como muchos han intentado justificar en los 280 caracteres de Twitter. Es que escuelas hay, también policlínicas y ampliación de la red lumínica. Pero “su presencia no garantiza la efectividad” y, mucho menos, “que se acentúe la diferencia cultural”.

Solo unos ejemplos: la poca cantidad de graduados de la educación obligatoria dan cuenta de un sistema que, en algunas partes, “está fallando”. O la llegada al hospital Pereira Rossell de jóvenes embarazadas que, previo al parto, casi no tuvieron un control médico por más que exista una policlínica en su zona, “denota que para una parte de la sociedad, culturalmente, el acceso a este servicio no es importante”.

La batalla cultural es, según Leal, “nuestro Waterloo”. El crecimiento económico ha hecho caer la pobreza y hasta abrió nuevas oportunidades laborales. Pero para algunos ciudadanos, “aunque tengan la oportunidad de arrancar para las ocho horas o ir a un liceo de tiempo completo”, su modo de vida es delinquir”.

De todas formas, el sociólogo Gabriel Tenenbaum aclara que “los problemas estructurales no son solo que exista pobreza: puede que haya trabajo, pero que ese empleo sea precario y el adulto jefe de hogar esté poco presente en la crianza de sus hijos”. Y la exclusión, en eso hay coincidencia técnica, suele “trasmitirse de generación en generación”.

El efecto imitación.
Un día llegó un grupo de chilenos y probó explotar cajeros automáticos. Como “funcionó”, otros delincuentes made in Uruguay copiaron el procedimiento. “Lo mismo sucede con la idea de dirimir los problemas con la muerte; la delincuencia actúa por emulación”, explicó Leal.

El fallecido inspector Julio Guarteche había señalado hace seis años que se estaba empezando a dar un escenario en el que los criminales dirimían sus conflictos en manera más violenta. Antes eran tiros al aire de advertencia o, a lo sumo, a las piernas. Pero hubo un punto de inflexión, coincidente con el asesinato de Washington “Bocha” Risotto, en diciembre de 2011, en que confluyó la puja por el mercado de las drogas y la contratación de sicarios para solucionar los problemas.

La palabra sicario viene de la antigua Roma, cuando los asesinos usaban una espada corta (sica) que se ocultaba fácilmente entre la vestimenta. Pero en Uruguay la modalidad ha ido tomando relieve en los últimos seis años.

Aunque a priori se trate de un conflicto entre delincuentes, “es un gravísimo error creer que solo afecta a los criminales”, enfatiza Leal. “No hay homicidios de primera y de segunda, además el delito se va corriendo y permea en otros asuntos de la sociedad”.

En el tiroteo en la rambla del Buceo, que dejó dos muertos hace tres semanas, los protagonistas eran “del norte de Montevideo”. Pero quienes cometen un homicidio no actúan solo en su barrio, sino “donde ven que su víctima está más vulnerable”.

Otro ejemplo fue el intento de homicidio en el corso de Minas. Si bien Leal no aportó más detalles, porque ambas investigaciones están en curso, sí reconoció que responden a esta misma lógica.

Sin ir más lejos, Cristian “Kiki” Pastorino es una demostración de que la lectura de los delitos no es tan lineal. Asesinó a la cajera de un supermercado en una rapiña, eso lo hace ingresar en el 13% de los homicidios por este tipo de razones. Antes había matado a la madre de su hijo, lo que lo encasilla en el 13% de asesinatos por violencia intrafamiliar. Pero esa muerte de diciembre, según las pruebas de la policía, se dio “tras un discusión por asuntos criminales” (como el 45% de los homicidios consumados en 2017).

Para el sociólogo Tenenbaum, más allá del efecto emulación, “hay factores de riesgo” para delinquir: el abandono escolar, la violencia en el hogar, la ausencia de una de las figuras paternas y hasta la edad.

Las curvas del delito, como le llaman los académicos, demuestran que en Uruguay los delitos más violentos empiezan a crecer cuando el victimario tiene 17 años y decaen hacia los 28 años.

Algunos autores sostienen que hasta el género tiene que ver. “Está eso de competir por la fuerza, de imponerse y de delinquir a lo macho: si tengo que encajarte 40 tiros, lo hago”, explicó Tenenbaum.

Leal desconoce la evidencia científica de estas teorías, pero admite que en el perfil de los homicidas se repite que sean varones. Eso no quiere decir que las mujeres le escapen al mundo criminal. “En el mercado de la droga ellas son las que, por lo general, administran el negocio”.

La policía tiene elaborados perfiles de los homicidas. Sin embargo, el Ministerio del Interior no brinda esa información “por razones de seguridad”. Sí se sabe que los asesinatos por violencia doméstica “no se le parecen en nada” a los que son entre criminales. Mientras estos últimos son más bien varones veinteañeros y con “toda una concepción de la muerte”; en los intrafamiliares “hay un abanico más amplio”.

Entre los criminales hay otro distintivo: reina la cultura del “no te metás” y, por tanto, la mayoría de delitos no se aclaran.

Gustavo Leal
“Falta un shock de políticas ciudadanas”

La seguridad, según el sociólogo Gustavo Leal, va más allá de la Policía o del Ministerio del Interior. Puede que sea su manera de justificar la ausencia de resultados favorables de su cartera respecto a los delitos más violentos. Pero, al menos, el académico tiene su teoría.

En la sociedad existe un “pacto de obviedad”. Cuando uno llega a su lugar de trabajo deja la mochila y da por entendido que nadie se la irá a robar. Eso, según Leal, responde a tres anillos de seguridad.

El primer anillo es la propia consciencia de los individuos. Uno no hace lo que le haría quedar mal con uno mismo. Alguien se olvida su teléfono en el asiento del ómnibus y la mayoría de quienes viajan al lado no se lo quedarán porque sabe, en su interior, que eso está mal.

El segundo anillo es el control de los demás. No me quedo con el celular olvidado porque a lo mejor alguien me está mirando o porque hay cámaras de seguridad. En este círculo ingresan las juntas, el acompañamiento familiar, la buena influencia de los amigos.

El tercer anillo son las normas, la ley. Puede que me suba a manejar el auto borracho y no me sienta mal conmigo mismo. Puede también que mis amigos estén igualmente borrachos y nadie cuestione que si manejo pondré en peligro a los demás. Pero la sola idea de que la policía me sancione o quite la libreta ya es un control.

La policía “suele actuar en un cuarto anillo”, con aquello que pasaron las normas. Pero los criminales “rompen” los anillos desde el vamos y, “por ello se necesita un shock de políticas ciudadanas”.

Fuente: El País

Facebook Comments

Comentar la noticia

Deja una respuesta

Su Email no será publicado.


*