La dramática consecuencia de una mujer que pasó su infancia en un club de Playboy





La revista Playboy fue publicada, por primera vez, en 1953, con Marilyn Monroe en portada. Por ese entonces, 50 centavos de dólar valía un material desconocido, impensado y revolucionario para la época. Posiblemente nadie hubiese imaginado que, años más tarde, una simple revista crearía un imperio que fueron más allá de algunos desnudos sobre unas páginas de papel.

Mary Beth Evens, estadounidense, decidió revelar detalles de su infancia dentro de uno de los tantos clubes de Playboy, en donde acompañaba a su padre, quien trabajaba allí, lugar en el que ideó un mundo de fantasías que más tarde la desilusionó. “Era demasiado joven para darme cuenta de que mi padre había conseguido el trabajo que representaba la fantasía masculina definitiva”.

El padre de Evens, director de publicidad de la revista en aquellos tiempos, permaneció obnubilado con el mundo que Hugh Hefner alguna vez soñó y supo materializar. Para Mary Beth, un club de nudistas era el patio de recreo. Era un momento de esparcimiento, en donde las mujeres que vestían pompones y orejitas solo emulaban unos tiernos e indefensos conejos.

“A mi padre no solo le convenció el buen salario del trabajo, sino las muchas ventajas que llevaba incorporado: un Porsche 911, la membresía de un club de campo y varias suscripciones de por vida a los productos de la empresa. Pero estos extras eran un juego de niños comparado con el santo grial de los regalos: una llave personalizada que le otorgaba acceso VIP a todos los clubs”, relató Evens.

Aquel obsequio no solo le abría todas las puertas de aquellos palacios hedonistas: también lo hacía pertenecer. Su padre, a la distancia, encuentra el repudio de su hija. Solo después de décadas logra comprender en el contexto que le tocó crecer. “A los 9 años me llevaba al club Playboy de Nueva York. Me decía: ‘¿no es esto genial?’. ‘Buenas noches, soy su Bunny, ¿puedo ver su llave Playboy, por favor?'”.

Evens explicó que “era demasiado joven para darme cuenta de que acababa de conseguir el trabajo que representaba la fantasía masculina definitiva. A mis ojos, todos los conejitos, los de Playboy, el de las pilas o el propio Bugs Bunny, eran intercambiables”.

Pese a su ignorancia sobre lo que ahí acontecía, aquel espectáculo la fascinaba: “Mientras mi familia subía por la escalera de caracol hasta el restaurante de lujo, yo me quedé rezagada, hipnotizada por el champagne, el humo de los hielos y los hombres que lucían sus costosos trajes y cigarrillos importados”.

Cuando regresaban a casa, su padre les contaba versiones censuradas de los fines de semana que pasaba en la mansión de Hefner, de la que siempre volvía con toneladas de “merchandising”, la cual repartía entre sus hijos y aseguraba que “era gratis, agarren lo que quieran”.

“Cuando entré en el aula al día siguiente, algunos niños se miraron los unos a los otros y comenzaron a cuchichear. Así que le pregunté a mis amigos por qué actuaban de forma tan extraña. Algunos incluso fingieron no haberme escuchado. Otros actuaron como si no hubiesen escuchado al chico que me señaló: ‘¡Es el conejito de Playboy!'”, dijo Evens.

In my wildest dreams, I could not have imagined a sweeter life.

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A partir de allí, su fantasía se transformó en otra, pero rota. “Mi padre trabajaba ahí, es bonito”, pensaba en ese entonces. A sus 14 años su padre dejó el trabajo. “En un instante, me volví aburrida. Otro producto más de una pareja judía con dos hijos y dos automóviles que vivían en el condado de Fairfield, que se casó demasiado joven y que no tenía nada en común”.

El pozo en el que cayó durante aquellos años en los clubes la mantuvieron aún durante los años posteriores: “Creía que la belleza física estaba determinada por lo que veía en las revistas. Me convencí a mí misma de que solo podría llegar a casarme si vestía con ropa de diseño y hacía ejercicio como una conejita. Llegué a pensar que tenía todo lo necesario para mantener una relación con un hombre: había estudiado las técnicas de las conejitas, sus posturas y modales, y las hacía mías”.

Evens, con 40 años y muchas sesiones de psicología, aún no puede establecerse junto a una pareja. “Ahora sé que la visión de Hef era una fantasía quebrada, incluso, o quizás especialmente, para aquellos de nosotros que la compramos cuando éramos jóvenes”.

Fuente: Infobae

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