Las dos caras de “La casa de papel”, la serie que consiguió tomarnos a todos de rehenes

Un grupo de ladrones se reúne en un lugar apartado y en el mayor secreto para planear un robo descomunal. Saben que su empresa no consiste en entrar y salir rápido con unos pocos billetes: van a ganar más cuanto más tiempo logren quedarse adentro. Y aunque interrumpan la vida de inocentes que sólo quieren retomar sus rutinas, ellos van a estirar, postergar y dilatarlo todo hasta el límite de lo tolerable. Si lo logran, serán definitivamente ricos.

Este escueto párrafo puede describir el argumento de La casa de papel. Pero también el de su propia génesis. Cambiemos “grupo de ladrones” por “productores y guionistas” y… ¡magia!

La casa de papel es una serie española que cuenta un atraco con toma de rehenes a la Fábrica de Papel Moneda y Timbre (nuestra Casa de la Moneda). Lo lleva adelante una banda de desesperados que lidera y dirige desde afuera y hasta el más mínimo detalle un personaje llamado “El Profesor”, especie de nerd del delito. El plan de los atracadores es quedarse unos días adentro para emitir sus propios billetes. No vamos a contar aquí si lo logran o no.

El programa fue emitido en España por Antena 3 durante el 2017 con importante repercusión, y se convirtió en suceso cuando Netflix lo sumó a su catálogo de series.

El secreto del éxito

Tal vez buena parte de las series que hoy miramos estén basadas en ese mecanismo de llamar rápidamente nuestra atención y retenernos todo lo posible, dilatando y estirando aquello que antes entraba en una película. Aunque es cierto que La casa de papel lleva ese modelo hasta el paroxismo, contando en más de mil minutos lo que bien podría haberse contado en quinientos. O en ciento veinte. O en el mejor de los casos, digámoslo, en cero.

La casa de papel combina algunos altísimos puntos de excelencia técnica con recursos que no le toleraríamos a la peor de las telenovelas para consumo irónico de la tarde.
La casa de papel combina algunos altísimos puntos de excelencia técnica con recursos que no le toleraríamos a la peor de las telenovelas para consumo irónico de la tarde. Secuencias de acción increíblemente filmadas (aunque protagonizadas por la gente con peor puntería del mundo), un nivel de producción que no podemos más que envidiar desde estas lánguidas playas, un cuidado de arte y de musicalización que rozan lo perfecto y algunas muy buenas actuaciones (otras decididamente no tan buenas) se intercalan, por ejemplo, con largas escenas cuyos diálogos no hay forma de ver sin reírse. El mismo diario español El País (que en su momento trató bastante bien a la serie) deslizó que uno de sus puntos flojos fue la mezcla de sonido, porque en algunas escenas no permitió que se entendieran los diálogos. Y porque en otras permitió que sí.

Sumémosle a esto una voz en off absolutamente exasperante e innecesaria, que atropellando todos los principios del guion anticipa lo que va a verse y cuenta lo que se ha visto. Haciéndolo, además, con un tono que pretende infructuosamente ser ingenioso y que roza apenas el nivel de las peores ocurrencias de Arjona (¿o eran las mejores?). Esto sin entrar en detalles escabrosos como el de intentar entender por qué el programa tiene un narrador que habla como si lo supiera todo, cuando en rigor está hablando un personaje que debería ignorar bastantes cosas. Y además, ¿desde dónde nos habla?

La casa de papel tiene una estructura bien interesante, entendiendo que la estructura de un guion no es otra cosa que el modo en que administramos el tiempo de nuestra película: en qué orden contamos las cosas y cuánto tiempo nos demoramos en cada una de ellas. Llegados al punto siempre complicado de conseguir acción lo más pronto posible, los guionistas de la serie decidieron arrancar enseguida con el robo y la toma de rehenes, construyendo a partir de allí una ilusión de tiempo real.

Sobre este relato se intercalan a modo de flashbacks (vueltas al pasado) fragmentos de lo vivido por la banda durante los meses de preparación del atraco. El dispositivo funciona. Pero el uso que se hace de este ir y venir es por momentos algo deshonesto (si cabe el término para describir un recurso artístico). A saber, se pone a los personajes ante un problema aparentemente imposible de resolver e inmediatamente después se muestra cómo ese mismo problema había sido previsto por el Profesor. Cuando ese recurso se vuelve sistemático, el espectador debería sentirse un poquito estafado. ¿Por qué no lo hace? Tal vez porque no hay tiempo: ya explotó otra bomba.

El personaje del Profesor es en este sentido el que lleva más lejos el truco. Un capítulo lo vemos –porque sí- haciendo unos ridículos movimientos de artes marciales como quien ceba un mate: poco tiempo después descubrimos que es un eximio luchador capaz de dejar inconsciente de un solo golpe a un comisario de la policía.

Es cierto que aceptar las convenciones de un género nos hace menos exigentes con el realismo, pero tampoco habría que abusar. Aunque viéndolo con optimismo, habrá que rescatar de La casa de papel el ser fervorosamente consumida a pesar de haber ninguneado las nociones más básicas del verosímil. Y todo lo que vaya contra el consumo policíaco de la ficción, aquel de “ojo que te estoy mirando y no se me va a escapar nada”, debe ser celebrado.

En el Profesor (Álvaro Monte) hay algo que nos recuerda mucho a Los simuladores. Sobre todo esta capacidad de planear hasta el detalle más ridículo. Con una salvedad bastante grande: en el programa de Szifrón había cierta consciencia de estar llevando las cosas al límite del absurdo y esto se franqueaba con humor. Por el contrario, no hay un ápice de humor en La casa de papel, apenas algunas canchereadas y la frescura del personaje de Nairobi (una graciosa e intensa Alba Flores).

La casa de papel transita el género cinematográfico del “atraco”, aunque uno podría ubicarla bajo el recurrente rótulo de “por qué no puedo dejar de ver esta cosa”, que debería agrupar a muchas de las ficciones que consumimos hasta el último segundo. El tópico “robo de bancos” hasta ahora nunca había sido llevado a la serie televisiva, tal vez porque no había forma de estirar un robo en episodios. La casa de papel prueba que sí se podía. O que no. Usted decida.

El del atraco es una especie de subgénero con auges y caídas desde el comienzo de la historia del cine. Creció dentro del western, tuvo otro momento culminante en los 60 con el Bonnie and Clyde de Arthur Penn, para regresar reiteradamente desde el 2000 para acá, no casualmente con los ladrones muchas veces devenidos en héroes, a medida que el sistema financiero se iba convirtiendo en el malo de nuestra película.

Hay mucho de esto en la serie española. Y por supuesto, tal su estilo, se lo explicita del modo más directo. La historia de perdedores de los protagonistas se nos cuenta una y otra vez, se nos habla pedagógicamente de cómo los bancos se enriquecen mientras la gente queda afectada cada vez más por el “paro”. Es imposible entender La casa de papel sin tomar nota del clima de escepticismo político que se vive en España (y que se cuela con mayor o menor felicidad en otras de sus series).

Sin embargo, uno podría discutir cuánto afecta el robo del erario público a un “sistema” que nunca tarda en llenar cualquier agujero con ajuste y endeudamiento que ya sabemos quiénes suelen pagar. Y hasta podríamos preguntarnos si no es un poco mucho citar la ética y la épica del partisano cuando tu utopía (respetable, por cierto) consiste en ir a rascarte las partes a una isla perdida del trópico al lado de tu expendedor de yates. Cuando el Bella ciao de los comunistas italianos que se enfrentaban al fascismo se mezcla con la estética publicitaria de los amigos que cantan y bailan porque están contentos (o tristes, o algo), el pastiche ideológico se vuelve espeso. Ni hablar de cuando comprobamos, al final de todo, que acabamos de asistir a la publicidad de cerveza más larga del mundo.

Las series como toma de rehenes

Con sus particularidades y sus excesos, La casa de papel describe algo del momento que atraviesan la producción y las ficciones televisivas en su etapa de consumo vía streaming. Porque, ¿qué es una serie hoy si no la posibilidad de entrarnos por sorpresa, captar nuestra atención y una vez adentro de nuestra vida cotidiana quedarse, distrayéndonos, dilatando y estirando?

¿Cómo pasamos de aquellas series modelo de calidad y audacia, que ponían blanco sobre negro la crisis creativa del cine, a estas que parecen responder al modelo toma de rehenes?

Cuando HBO estrenó Los Soprano en 1999 (y cuando además le fue muy bien), la televisión entró en una nueva era a la que todos llamamos, palabras más, palabras menos, la de las “series de calidad”. ¿Seguimos viviendo ese sueño o entramos más bien a la temida etapa de la estandarización?

Aquellas series eran el territorio de los personajes. Nos permitían asistir al crecimiento, desarrollo, contradicción y cambio de los protagonistas con un nivel de detalle y sutileza que tenía algo hasta de literario. Sin embargo, ¿no abandonamos ahora aquello para vivir la tiranía de la estructura?

La serie de calidad se había sacado de encima el oprobio de las tandas publicitarias y esa esclavizante necesidad de pensar en ganchos para los finales de bloque. Sin embargo, el streaming, ¿no ha multiplicado por mil esa esclavitud en esta nueva carrera de “tiremos una bomba cada 5 minutos”?

Cuando Netflix sube a su plataforma La casa de papel, lo hace reeditando sus capítulos (originalmente de una hora y diez) para convertirlos en piezas de 40 minutos de duración, la ideal para entrar en la vorágine de “veamos otro que tampoco es tan tarde”.

Fuente: Infobae




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