Los polizones no pierden la fe





Ante la ausencia del Estado, Nathaniel, Pale, Emmanuel y Mickey encontraron cobijo provisorio en casa de un uruguayo. Foto: G. Pérez

Aquella medianoche en la que Nathaniel abordó el barco, sin destino cierto, su mujer estaba allí, con tres meses de embarazo y las lágrimas que genera cualquier separación forzosa. Hoy, en Uruguay, a ocho mil kilómetros de su Nigeria natal en la que el grupo terrorista Boko Haram intentó matarlo, su señora sigue estando presente a toda hora. Lleva un reloj que era de ella y que, en contraste con su piel negra, es de lo primero que llama la atención. Eso hasta que dice las primeras palabras en inglés y su relato no hace más que parecerse a una novela de no ficción: no cualquiera fue polizón.

Porque Nathaniel (25) y otros tres compatriotas suyos fueron noticia hace dos semanas, cuando bajaron del barco en que se escondieron y llegaron, sin saberlo, a Uruguay. Pasaron la primera noche en un calabozo de Prefectura, ante la negativa del Mides de darles un refugio por “falta de espacio”. Aun así, estos jóvenes nigerianos estaban sintiendo que tocaban el cielo con las manos; o mejor dicho el suelo firme con sus pies. Fue cuestión de descender del buque Friederike, donde resistieron 17 días, y saber que no serían deportados, para dar comienzo a otra vida. “Gracias a Dios”, repiten a coro.

La religión está presente todo el tiempo en las charlas de estos africanos. Aunque no se conocían en la previa —de hecho eran de ciudades distintas—, los cuatro huyeron a escondidas para, paradójicamente, no tener que ocultar más su fe cristiana.

Después de haber pasado los cinco primeros días de la travesía por el océano camuflado bajo las hélices de propulsión del barco —sin luz, con apenas agua y unas migas de un cereal al que llaman kazaba—, Nathaniel tiene muy claro cómo le gustaría ponerle a su hijo. Si pudiera, fruto del milagro de haber desembarcado en Uruguay, lo llamaría In God I trust (En Dios confío).

África vive desde hace años conflictos políticos y religiosos. En Nigeria alcanzaron su pico máximo desde principios de los 2000, con el nacimiento de Boko Haram —la versión del Estado Islámico en el occidente africano—. Eso explica que desde allí hayan venido 12 de los 18 polizones que registró la Prefectura uruguaya desde 2005. Aun así, la cifra “es mayor”, reconoció la antropóloga Pilar Uriarte, quien señaló que este mismo 2017 han arribado dos cameruneses al puerto de Nueva Palmira, en Colonia.

Sea cual sea el motivo de llegada, sucede que estos africanos que vienen como polizones son aceptados para quedarse en Uruguay y para iniciar los trámites de refugio, pero no reciben ayuda alguna del Estado, aseguran desde la Institución Nacional de Derechos Humanos (Inddhh).

“Cuando una persona llega, sin nada, el Estado no tiene la capacidad de recibirlo, darle un lugar para dormir, una atención humanitaria básica, explicarle dónde está y cuáles son sus derechos”, se quejó Juan Faroppa, director de la Inddhh. “No estamos hablando de mantenerlos, tampoco de que la ayuda dure mucho, sino de establecer un plazo de una semana en que se colabore con lo más básico que necesita esta gente”.

Desde el gobierno, sin embargo, prefieren hablar de la “elaboración de protocolos”, una frase que a los oídos de la sociedad civil suena a viru viru. “Queremos que haya una ventanilla única para dar respuesta a estos migrantes, aunque reconocemos que hay dificultades”, justificó Nelson Villarreal, secretario de Derechos Humanos de Presidencia. Y ante el apuro, el jerarca se animó a poner una fecha límite: junio de 2018.

Ante esa ausencia del Estado, los cuatro nigerianos que llegaron hace dos semanas al Puerto de Montevideo duermen provisoriamente en la casa de un misionero. La casa de Santiago —así se llama este uruguayo que les dio cobijo— está situada en Villa Dolores, como si se tratase de un juego de palabras sobre las historias que allí habitan.

Santiago junto a algunos africanos que residen en Montevideo son los que están orientando a los recién llegados. Les insisten en probar mate y bizcochos, siempre “sin perder la esencia de sus raíces”. Es tal su dedicación que Mickey, uno de los cuatro nigerianos, los considera su nueva familia. Había perdido a sus padres y hermanos en 2008, cuando los de Boko Haram hicieron explotar el mercado en el que paseaban en la provincia más norteña de Nigeria.

Mickey pensó que, tarde o temprano, su destino sería el mismo que el de su familia. Una mañana, mientras caminaba por la calle rumbo al trabajo, unos jóvenes con remeras negras e insignias blancas lo increparon: “¿Eres cristiano o musulmán?”. No alcanza con saber qué hay que responder cuando uno quiere estar bien con su consciencia, explica. Y arriesgó a decir que era cristiano pese a la tremenda paliza que ello le implicó.

Desde entonces, fue mudándose de ciudad en ciudad (es ca- si un imposible escapar por tierra), hasta que optó por irse a vivir el “sueño europeo”. Sin saberlo, el buque tenía como destino Uruguay.

“La llegada de polizones será un fenómeno cada vez más frecuente, más si Uruguay comienza a integrarse al mundo”, sostuvo la antropóloga Uriarte. Pero aunque no sea una buena noticia que la gente venga en estas condiciones, “sí lo es lo que estos migrantes tienen para aportar”.

Nathaniel estudiaba computación en una universidad estatal cuando unos rebeldes entraron con armas y secuestraron a algunos de sus compañeros. Ahora intentará retomar la carrera, en otro idioma y con otra sensación.

Mira el reloj dorado y no ve la hora de reencontrarse con su mujer. Para ello necesita un par de miles de dólares que permitan costear el pasaje de avión y lo más básico. Pero, ¿cómo lograrlo cuando el Estado uruguayo no le da siquiera un colchón para pasar las primeras horas? Nathaniel repite: “En Dios confío”.

LOS PERFILES
El mar, ese escape y cementerio a la vez.

Casi siempre pasa lo mismo: los nigerianos esperan en el puerto la llegada de un buque para trepar a él durante las horas de menos luz. Fueron cinco los que siguieron ese ritual previo a que el carguero Friederike encendiera su marcha, pero solo cuatro llegaron a Montevideo. Oskar murió en el camino, no soportó las condiciones de las turbinas en las que se escondió. En otros mares, típicamente en el Mediterráneo, las olas devuelven a los africanos en formas de cadáveres. Pero curiosamente, muchos de los polizones aman el agua, los barcos y su libertad. William, un nigeriano que llegó hace ocho años a Uruguay y que hoy ayuda a los recién llegados, trabaja en la pesca; Pale en su tierra pintaba barcos y Mickey estudió mecánica de transporte marítimo.

Los polizones que vienen a Uruguay ingresan, casi en una misma proporción, por el Puerto de Montevideo y el de Nueva Palmira. En contadas excepciones debieron ser rescatados a unos metros de la costa de Rocha, cuando el capitán del barco decidió arrojarlos allí.

El buque que trajo a los últimos cuatro nigerianos, tenía como destino Buenos Aires, pero el capitán les dio la posibilidad de bajar en Montevideo. Tuvieron suerte, pocos días después Argentina deportó a 15 africanos.

Racismo, denuncias y falta de vivienda.

La guerra y la religión no son lo único que motiva a que muchos jóvenes abandonen África. “La escapatoria es por la falta de perspectiva y la violencia urbana”, explicó la antropóloga Pilar Uriarte. “No es la camada más pobre la que puede salir de su país ni la que intenta una vida diferente afuera de fronteras”. Y esa propia condición hace que quienes llegan a Uruguay traigan consigo algunos sueños que, en la mayoría de los casos, no se cumplen en el corto plazo.

Aunque los uruguayos se jactan de “no ser racistas”, la propia “piel negra lleva a que a los africanos les sea difícil conseguir trabajo y, cuando lo obtienen, muchas veces es en pésimas condiciones”, criticó Rinche Roodenburg, de la ONG Idas y Vueltas.

Esa discriminación se nota también en el acceso a la vivienda y en insultos callejeros. De hecho, la Institución Nacional de Derechos Humanos recibió 11 casos de ciudadanos africanos durante el último año, dijo su director, Juan Faroppa. Además de los cuatro polizones africanos, hubo denuncias de un camerunés por acoso laboral, de un ghanés por el racismo propinado por sus vecinos, cinco angoleños por la precariedad de sus viviendas y un nigeriano por agresión física.

Fuente: El País

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