¿Quienes mandan en las picadas a la entrada de Rocha?

Jóvenes se juntan después de las 22 hs. en la Ruta 9 en la entrada a Rocha. Foto: D. Olivar

Los que esa noche “pican” las motos en la Ruta 9 a la altura de la entrada de Rocha son todos veinteañeros que visten pantalones rotosos, canguros y championes lustrosos. Usan el pelo rapado y huelen al perfume del desodorante de moda. Ríen, gritan, joden, “descansan”, hacen chillar los motores. No todos tienen ganas de explicar por qué.

—¿Prefieren picar antes que hacer cualquier otra cosa?

—¿Qué otra cosa se puede hacer en Rocha si no? Después de las 10 de la noche hasta los semáforos se apagan.

Y eso que solo hay tres. En Rocha los edificios siempre son los mismos, las casas también: parecen estar duplicadas. Cuadra tras cuadra se suceden bajitas y grises o cremita combinado con marrón. En el centro de la ciudad, la plaza. En la plaza, el banco. En el banco, el mismo señor que ayer. Alrededor, las instituciones típicas: la iglesia, el BROU, la comisaría, el teatro, el cine cerrado. Después, los comercios, los adoquines desparejos. Más adentro en los barrios, el asfalto roto, con pozos, las calles de tierra polvorienta, las casas con jardín al frente.

El resabio de un comportamiento aldeano: las doñas barriendo la vereda o con la sillita afuera pero al fondo de la casa, para tomar mate con una misma o los vecinos más cercanos, aunque los rochenses todavía se siguen conociendo entre todos.

Hay pocos árboles y muchos perros. También hay muchas motos, muchos accidentes y dos por tres, una muerte.

—Hubo como tremendo revuelo en el pueblo con lo del gurí muerto —dice Gabriel, un motoquero que corre picadas en la 9. Siempre se buscan culpables. El tema es que cuando tú te subes arriba de la moto, tú sabes lo que vas a hacer, no es el culpable tu tío ni tu hermana, ni nadie, tú sos el que maneja y tú sos el responsable de lo que vas a hacer. Si me subo a una moto para picar, soy consciente de lo que voy a hacer.

Gabriel habla del quinceañero que murió a fines de octubre porque iba corriendo “alto el piso” por la ruta y no le dio para frenar cuando vio que un auto se le venía encima a la salida de la rotonda. El conductor del auto estaba borracho, y después de atropellar a los dos que venían compitiendo, matar a uno y dejar en el CTI al otro, quiso “tomárselas”. Al final recapacitó.

Como en el pueblo chico el infierno es grande, el pueblo enseguida empezó a estirar la lengua y a teorizar. Comentaban que el “finadito” ya había tenido problemas con la Policía Caminera y le habían retirado la moto, y que mire usté qué irresponsables los padres, que se la levantaron y se la volvieron a dar. Otro por ahí comentó que en realidad el guacho robaba motos, y que esa noche que murió estaba picando para festejar.

Pero nada de eso que se dijo es tan así. Los muchachos que pican apenas lo conocían. Sabían que le gustaban las motos, pero pocas veces lo habían visto correr; que era un botijita tranquilo, flaquito y dientudo, humilde, de un barrio por allá lejos del centro, y poca cosa más. Otro loco por las motos amigo del que sobrevivió y que recién ahora está pudiendo volver a caminar, dijo a El País que en realidad los dos pibes trabajaban en talleres mecánicos y los domingos competían por el tanque de nafta para el lunes poder ir a la UTU en moto.

Gabriel pensó en el muerto y entrecerró los ojos. Quizá porque no era la primera muerte que recordaba. Hubo y habrá mil y un accidentes en las picadas. Por eso los pibes quieren que la Intendencia de Rocha o quien sea les haga una pista para correr, que haya ambulancia y que se los obligue a ir con casco, guantes y rodilleras. Mientras no tengan la pista los que puedan seguirán yendo a Melo o a El Pinar, y a la entrada de la ciudad ahí en Ruta 9 para correr.

—¿Cuántas veces nos hemos caído? ¿Eh? —pregunta Gabriel a los muchachos que esa noche son unos 20.

—Desecho —dice Fabricio, y levanta la mano.

—Este se lijó, yo también.

—Una vuelta íbamos a más de 130, se explotó la rueda de adelante y ¡pumb! Cuando me levanté parecía Hulk, estaba hecho pedazos.

Estos hombres jóvenes dicen que no tienen “miedo” a arrancarse la cabeza. Sí “respeto” a la moto, a la velocidad, a la ruta. Gabriel cuenta que su moto tiene 200 cilindradas pero no se anima a darle a fondo cuando hace carretera, porque puede que haya una curva y no le dé para doblar y siga de largo, derechito al cajón. Pero cuando pica no piensa en eso. Va con la mirada fija en la recta de asfalto que tiene delante, dice que es un segundo: “pra pra pra”, y ya está: 200 metros de libertad.

—Ponte la mano en el corazón y piensa como yo estoy pensando ahora —dice uno de los muchachos— una moto es un amor que no te lastima. Te puede lastimar físicamente, pero nunca el corazón, que es lo más importante en esta vida. Correr una moto es lo más lindo. Se corre entre amigos, entre todos. Pero lo más lindo de ir picado es que durante ese kilómetro uno solo piensa en eso: querer ganar, chupar rueda y pasar si vas atrás. En esos pocos kilómetros pensás que sos libre, que tenés la mente en claro, que sabés lo que querés hacer ahí en ese momento. Hay gente que tiene problemas familiares, económicos, y es libre de todo eso en esos kilómetros. Son unos minutos de felicidad. Los que corremos sentimos muy directamente en el corazón qué es picar en moto. Lo disfrutamos mucho, la cabeza está en blanco, somos libres.

Dicen que quieren a los fierros y al fútbol más que a “la vieja”, y que de eso se pasan hablando, haciendo. Las motos son su “vida”. En medio de la explicación, un pibe del montón grita, quemado:

—No digas más nada, estos periodistas son policías. Ya está, vamo a picar.

Todos le responden riendo, uno agarra una moto Hero Puch e invita a picar al que está sentado en una Fox. Las hacen tronar. El resto de los pibes se retuercen de risa. Para aniquilar cualquier vestigio de ingenuidad, aclaran:

—Fueron a comprar el vino. Nadie pica con cilindrada 50.

Ni los que se fueron al almacén ni ellos, que están rodeados de motos tipo Yumbo, Baccio, Zanella y Winner “preparadas”. Ninguna pasa la inversión de los 1.000 dólares, ni de las 200 cilindradas. Es más, la mayoría son motos desguazadas que los muchachos vuelven a armar con alguna pieza ajustada para correr más rápido, para que quede “más fuerte”. El mismo mecánico arma casi todas las motos de esa banda que durante la semana trabaja y los viernes y sábados a la noche (cuando no más) hacen gala del riesgo frente a los espectadores también corredores que aguardan ahí mismo donde ahora están, en ese espacio de unos 10 metros de ancho que una vez tuvo pasto y fue solo paisaje, pero esa noche es puro barro seco agrietado por el andar motoquero. El que va para ahí va porque es loco por “la velocidad, el ruido, la adrenalina”.

Todo eso que odian los vecinos del complejo de viviendas que está a escasos metros de la ruta. Llega la tardecita y un ruido allá lejos comienza a crecer. La vecina se inquieta, sabe qué se viene. Los agudos sonidos que provoca el caño de escape recortado penetran profundo como agujas invisibles en sus oídos. Hieren. Corre la cortina de la ventana de la cocina de su casa y ve a un motociclista que debe ir a no menos de 120 kilómetros por hora, y a más de un transeúnte que desde la banquina mira en posición de perplejidad urbana.

—Ahí están —dice. La vecina no puede más que suspirar y maldecir y abogar por la prohibición de las picadas y la confiscación de los vehículos cuya sonoridad la violentan.

—No sé qué hacen. Juegan a ver cuál es la moto más bochinchera, cuál hace la pirueta más peligrosa… Yo los veo que se tiran adelante de los autos, y que cuando viene un camión los zigzaguean. Al principio era solo los fines de semana, y se llenaba de autos; ahora siempre hay autos y motos. De un lado de la ruta están unos y del otro, los otros. Hay unos 30 autos, y cada uno con su sitio, porque veo que más o menos siempre se ponen en el mismo lugar. Llevan parlantes y ponen la música altísima. Se juntan unas 100 personas en total, imagínate qué cantidad que hasta el panchero va con el carrito a vender.

Eso dice Ángela, una vecina; otro cuenta que por culpa de las picadas no puede dormir, porque el ruido es tanto, y que muchas veces llamó a la Policía, pero que nunca hizo nada. Le contestaban que era jurisdicción de la Policía Caminera o que no podían llevar a alguien preso por escuchar música a alto volumen.

Lo cierto es que los pibes tienen re calada a la yuta. Saben que antes de medianoche la Policía Caminera o inspectores de tránsito de la Intendencia van a aparecer por ahí, y que van a pasar despacito en camioneta, haciéndoles saber que andan en la vuelta. Quizá al rato pasen otra vez más, pero si pinta redada, salen “picando”. Dicen que cuando pasan nunca queda nadie en el lugar. “Si te agarran es porque manejas muy mal”. Y al otro día los gurises vuelven a parar ahí.

Cuando falleció el quinceañero, los gurises no fueron por unos días, pero al poquito tiempo volvieron a copar la ruta.

Corren para ganar, con todas las de perder.

Difícil encare.
¿Quién es el responsable de prevenir, controlar, fiscalizar? Los muchachos pican en la ruta pero si viene la Caminera se escapan ingresando a la ciudad, es muy difícil que Policía Caminera o Tránsito y Transporte de la Intendencia de Rocha (IR) pueda detener a alguno.

Marcelo Moreira es el vocero de la Caminera. Consultado por El País, dijo que justamente por eso desde hace un año se está trabajando en conjunto con la IR todos los días. “Cuando tú apuestas un operativo a la ruta ellos se van a picar dentro de la ciudad, y si no al revés. La idea es franquear los dos formas que tienen de realizar las picadas, desbaratando ese tipo de situaciones, para que no las puedan realizar”, explicó.

El trabajo más que nada es preventivo: la Caminera dispone un móvil al costado de la ruta a la caída del sol para que los que corren sepan que están ahí, y si surge algún episodio avisan a la Intendencia para que los detengan en la ciudad. “Se hicieron varios procedimientos con incautación de motos, con varias personas que han sido multadas y puestas a disposición de la Justicia de faltas”, aseguró Moreira.

El director de Tránsito y Transporte de la IR, Marcos Rodríguez, dijo a El País que el trabajo coordinado sirve también para sopesar la falta de personal, tanto de Caminera como de ellos. A su vez, contó que desde hace unos meses cuando van a controlar le piden a la Policía que los acompañe porque varios inspectores han sido agredidos. También aseguró que formalmente a la Intendencia no ha llegado ningún pedido para hacer una pista, aunque el debate sobre si le corresponde a la IR o no hacer una pista sí ha sido tema de conversación informal entre los inspectores.

“Es un tema muy complejo. Los muchachos de acá no tienen una organización que los defienda, como sí sucede en Melo y en El Pinar, y eso no le da ningún tipo de garantías a la IR. ¿Quién se hace responsable si hay algún problema? Además estamos hablando de gurises que muchas veces son menores, y que andan en motos totalmente irregulares: sin guardabarro, sin chapa, sin luz, sin espejo, sin número de motor correspondiente… En un ámbito competitivo, como las carreras de moto cross y enduro que se hacen acá y para las que hay pista, hay otros requisitos porque se lo considera deporte. En este caso, no existe nada de eso. Son cuatro o cinco locos que se juntan por amor al arte”.

En busca del superhombre.
Una posible lectura del gusto por las picadas es la que se hace desde el psicoanálisis y la sexología respecto a la construcción de la masculinidad. “No entiendo por qué si miramos Rápido y Furioso y nos reímos y nos encanta, después nos escandalizamos cuando un chiquilín se mata por andar rápido”, señaló a El País Ruben Campero, psicólogo, sexólogo y especialista en el tema masculinidad.

Campero decodifica el fenómeno de las picadas como una “comunión” entre pares que incluso estarían dispuestos a morir por la gran causa: constituirse como “superhombre”, uno que no siente, que no es afectable y que todo lo puede.

“El superhombre más que piel tiene una armadura, una coraza, una cosa que se gratiniza, y por tanto es una piel dura que no se lastima. Eso tiene que ver con la negación de lo sensible, de lo afectable, porque lo afectable se vive en términos paranoicos, e incluso se sexualiza: si me vas a afectar me estás cogiendo, me estás rompiendo el culo. De hecho, la competencia está muy vinculada con mantener la ilusión del superhombre en la medida en que se pone en juego aspectos de lo temerario: al poder mostrarme rudo estoy negando los aspectos vinculados a ese miedo, por exagerarlo”, explicó.

Andrés Jiménez, también especialista en el tema, explicó que “está la idea de que un varón se hace, que para construir una subjetividad masculina la tenemos que violentar. Si no, no se logra. Si lo tratas con cariño, con afecto, como lo haría una mujer, no se logra”. Y lo competitivo, como exaltación de un valor masculino, implica “imponerse al otro y alcanzar el éxito, el reconocimiento”.

Otro aspecto que señala Campero es que el “respeto” está muy vinculado a la masculinidad hegemónica porque se supone que “es muy corporativa”, que “respeta la ley porque él es la ley”. “Se supone que es el gallo del gallinero, es quien pone orden. Puede ser temerario porque conoce las leyes, no es que se las aplican a él, sino que las leyes son su naturaleza, respetan lo que le es propio”. Se le da un encuadre racional a “cosas que son más bien locas, que tienen que ver más con lo emocional, con lo pasional”.

—No digas malas palabras que está la señora, respeta —le dice en un momento un motoquero a otro. Todos se ríen al unísono. La broma proviene de uno de los tantos muchachos ansiosos o nerviosos o quién sabe qué, que prenden la moto, la hacen roncar, la apagan, la vuelven a prender y dan una vuelta, la vuelven a apagar y se bajan y apoyan la cola en ella, piden vino, lo pasan, fuman, se ríen, hablan de pistones y motores y pernas, y mañana irán otra vez ahí.

PRODUCCIÓN: NICOLÁS DOVAT

La mitad de los muertos de tránsito iban en moto.
Casi la mitad de los 434 fallecidos en accidentes de tránsito en 2017 iban en una moto, según el informe preliminar de la Unidad Nacional de Seguridad Vial (Unasev) publicados la semana pasada. Además, los datos indican que se está utilizando cada vez menos el casco protector. En el caso de los motociclistas, advierte el organismo, el uso es del 75%. Bajó tres puntos porcentuales respecto al año anterior. El informe también indica que se mantiene la tendencia de una “baja presencia de alcohol en sangre”: solo 6,6% de las espirometrías a conductores que protagonizaron siniestros dieron resultado positivo. De acuerdo a Unasev, el 54,3% de las muertes ocurrieron en rutas nacionales.

Una solución controvertida en otros departamentos.
Las picadas de motos o autos suelen transcurrir en rutas o calles que no fueron diseñadas para ese propósito. El motociclista que corre convive con quien simplemente se traslada. El riesgo de que ocurra un accidente cuando el escenario es compartido incentivó a la Intendencia de Tacuarembó a legalizar un circuito. En mayo de 2010 hizo una pista cerrada con el apoyo de la Asociación de Volantes de Tacuarembó. La polémica se desató de inmediato: por un lado, se argumentaba que esta iniciativa implicaba mayor seguridad para las personas e incluso para los motociclistas, mientras que por otro lado se acusaba a la Intendencia de fomentar una actividad de alto riesgo y que además no cuenta con la maquinaria y los controles adecuados.

La Intendencia de Rocha no tiene proyectos de construir una pista, pero la discusión que se da entre los pobladores es la misma.

Esa discusión hace rato fue saldada en El Pinar, Canelones, donde desde hace 50 años funciona un autódromo —el Víctor Borrat Fabini— el más grande del país, que gestiona la Intendencia canaria con el apoyo de la Asociación Uruguaya de Volantes.

Fuente: El País




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