Una bala perdida asesinó a Xilara, el Estado nunca asistió a sus hijas

Foto: L. Carreño

Xilara Ramos se recogió el pelo, todavía húmedo, y se sentó a tomar el café con leche que le había preparado su novio, Maicol Benítez.

El sol empezaba a caer aquel apacible domingo 22 de enero de 2017 y parecía que nada podía salir mal. Al mediodía habían comido ravioles y ensalada de frutas, el menú preferido de Xilara. De tarde se habían tirado un buen rato al agua de una piscina estructural en el fondo de la casa del barrio Conciliación, esa que su suegro Mario Benítez –un trabajador de la construcción de 49 años– había levantado con esfuerzo y dedicación. Era una familia humilde que había logrado lo que soñaba: una casa de la que sentirse orgulloso.

Xilara no era amante del agua, pero esa calurosa tarde “jugó y se divirtió en esa piscina como nunca, como si fuera el último día”, recuerda hoy Mónica Gallardo (46), su suegra.

A eso de las seis y media de la tarde se sentaron alrededor de una mesa en el patio, al lado de la cocina, a merendar en familia. Maicol tenía en brazos a Luzmila, la hija más pequeña de la pareja, de apenas 5 meses. Priscila, de 2 años, dormía adentro. A Xilara, de 17, la maternidad le había llegado quizá demasiado temprano pero eso no le preocupaba. Su novio, quien entonces tenía 24, era un buen compañero y padre.

Hablaban de su cumpleaños mientras adentro los dos hermanos de Maicol y una prima se cambiaban para ir al Teatro de Verano a ver Carnaval.

En un par de días, Xilara cumplía 18 pero, como siempre, no tenía ganas de celebrar. Igual pensaban organizarle un festejo sorpresa, algo simple, unas pizzas y algo más. “¿Cómo vamos a dejar pasar tus 18?”, le decía Mario, testarudo.

También hablaban del primer cumpleaños de Luzmila, que era el 1º de setiembre. Faltaba mucho pero Xilara tenía el tema muy presente en la cabeza, vaya uno a saber por qué.
–¿Ya vamos a empezar con el cumpleaños de la beba? –le preguntó Mónica, algo sorprendida.
–Si, sí, ya pasó el de Pri, ahora viene el de Luli –dijo Xilara–. Quiero que sea de búhos.

Después la suegra le preguntó si esa noche podía llevarse a Priscila, la más grande, al cumpleaños de un cuñado. Xilara la peleó un poco y le dijo que no.

–¿Cómo no me la vas a dejar llevar? –preguntó la suegra, haciéndose la enojada. Hace casi dos años que vivían en la misma casa y ya se conocían lo suficiente como para hablarse con cierta confianza.
–No, no y no, hoy no la llevás –la toreó ella y se rió, pícara.
–Bueno, si vos decís –agachó la cabeza Mónica, consciente de que era un juego.

Al café con leche todavía le salía un poco de humo. En eso estaban cuando de pronto llegó el caos: un ruidaje ensordecedor. ¿Eran fuegos artificiales? Mario se paró, caminó hasta el frente de la casa, a unos metros del camino Lecocq. No, esos silbidos eran balas. Cuentan que fueron por lo menos 20 tiros. Que se sentían las ráfagas. Que se cortaban unos segundos y arrancaban otra vez. Que les pasaron mil cosas por la cabeza en pocos segundos. ¿De dónde venían? ¿Los estaban atacando a ellos? ¿Por qué? Hubo poco tiempo para pensar: se pararon todos y ahí vino el momento fatal.

“Estoy baleada, estoy baleada”, gritó Xilara, cuando entraban a la casa. Mónica le dijo que se tirara en el sillón pero ella no pudo llegar, se desplomó antes, mientras en medio del griterío se despertó Priscila de la siesta. En el piso quedó un charco de sangre.

Fueron a pedir auxilio afuera y vino una vecina que es enfermera. Al ver la herida y la cara de Xilara, se dio cuenta que el panorama era grave. Justo en ese momento escucharon las sirenas de un par de patrulleros que pasaban por allí rumbo a la zona de donde había venido el ruido.

Mario salió rápido y paró a uno de los autos. Maicol iba con Xilara en brazos y la subieron al coche. Pero ella no llegó al hospital: murió en el camino por una bala perdida, producto de un enfrentamiento entre bandas a más de 500 metros de allí.

Rabia y resignación
“Yo nunca me rescaté que eran balas”, dice Mario, en el fondo de su casa, casi en el mismo lugar y a la misma hora donde ocurrió todo. Pasó un año pero en su voz y su mirada todavía se nota rabia, tristeza y resignación.

Acaba de llegar del trabajo, toma un vaso de agua y sigue con el cuento. “Se sentían como ametralladoras pero para mí eran fuegos artificiales”, apunta. Todavía no entiende por qué le tocó a ella, por qué murió solo Xilara.

Mónica, su mujer, dice que la tragedia no fue mayor solo por esas cosas del destino. “Con el tiempo me di cuenta de que podríamos haber muerto todos, por cómo estábamos sentados y por la manera en que a ella le pegó la bala”, explica.

Mario muestra el lugar donde los cuatro estaban sentados y después señala un bosque allá a lo lejos, a varias cuadras de distancia. “Mirá, las balas venían desde donde está aquella antena y el eucaliptus ese”, dice, y cuesta creer que las balas hayan viajado desde tan lejos y que justo una haya dado en el cuerpo de Xilara.

Ahí en la vuelta está Luzmila, que ahora tiene casi un año y medio y se mueve alegre de un lado para el otro. Priscila come unas galletitas mientras escucha hablar de balas y muerte.

Maicol sube en los brazos a las dos pero al rato la más grande se suelta y se agarra de la abuela. Mientras, el hijo más chico de Mario y Mónica juega al fútbol con unos amigos y desde la radio suena algo así como un reguetón. Toreto, un perro rottweiler de esos que dan mucho miedo, ladra fuerte.

La casa de los Benítez contrasta con otras más humildes en una zona algo descampada. “Cada vez que sobra un pesito, se tira acá adentro”, dicen ellos. Nunca hubo vacaciones en la playa ni un fin de semana afuera.

En el fondo del predio hay una casita de madera para niños, una canchita de fútbol, la piscina y también está la vivienda de Maicol. En el living de la casa principal todo está puesto con buen gusto. Hay una mesa grande, dos televisores de pantalla plana y un sillón. Y en una mesita está la última foto que se sacaron los cuatro sonrientes, unos días antes de aquella tarde trágica.

Maicol tenía 22 años y Xilara 15 cuando se conocieron en un cumpleaños de ella en Neptunia, donde vivía. Él había ido porque era amigo de la familia. Fue de esos amores a primera vista, un flechazo. La diferencia de edad no importó y el primer embarazo llegó rápido, por lo que decidieron irse a vivir a la casa de él.

Xilara era reservada pero tenía carácter fuerte y cierta personalidad. “Si te tenía que decir las cosas, te las decía. Yo valoraba mucho eso”, cuenta Mónica. Hace un silencio y agrega: “Fue una madre, madre, madre. Una madrasa. Con 17 años era una señora”.

Xilara no salía a bailar y con Maicol ni siquiera iban al cine, aunque sus suegros los alentaban a que lo hicieran. “¿Cómo voy a dejar a las nenas?”, respondía ella.

Sin ayuda
Después del 22 de enero, Mónica dejó de trabajar en casas de familia para dedicarse a sus nietas “24 por 24”. Y no fue fácil. Los primeros días Priscila repetía que su mamá se cayó y que “tenía una nana”. Cuando se abría una puerta, decía “ahí mino, ahí mino”. Después, cuentan ellos, se enojó y ya no la esperó más.

“Es parte del proceso”, afirma Mónica. “Ahora nos dice que su mamá está en la estrellita pero va a bajar. Y tenemos que tratar ese tema de que su mamá no va a venir”, cuenta y su voz se quiebra. “No va a bajar y es duro”.

Al mismo tiempo las dos nenas son “el motor de la familia”, la razón para no caerse y seguir adelante.
Dice Maicol que algunos días Priscila “está más violenta, llora, pide por la madre y, si la rezongás, sale para afuera”. También dice que a veces no saben cómo ayudarla.

Al principio Priscila tuvo un seguimiento psicológico en el CAIF pero ahora deben pagar una consulta particular que les cuesta $ 360 la hora. “A nosotros el Estado nos dio la espalda totalmente, nadie nos ayudó, nadie nos llamó, nadie nos dio asistencia psicológica”, relata Mónica. “El INAU quedó en hacernos una entrevista familiar y nunca nos llamaron”.

Y cada uno lo lleva a su manera. Mónica lo habla cada vez que puede con quien sea. Sacar todo para afuera la sana. Maicol prefiere callar. Y Mario trabaja y trabaja, incluso adentro de su casa. No aguanta estar sentado. De hecho, en el lugar donde estaban aquella tarde levantó un parrillero y construyó un piso. Quiso borrar ese sitio y “todo lo que había pasado”.

Mónica dice que los que provocaron la balacera destruyeron tres familias: “La de mi hijo, la nuestra y la de la mamá de ella”.

Desde Neptunia, Ana Bentancur, la madre de Xilara, atiende el teléfono pero se excusa enseguida. “Me he mantenido al margen de todo esto. Recordar me hace mal. Que la Justicia haga lo que tenga que hacer y que la dejen descansar en paz”, dice. Y se entiende: no debe haber algo más doloroso e impensado que la muerte de un hijo.

Tiroteos
Un año después, cada vez que siente un ruido que se parece a un tiro, Mario se paraliza. No es que suceda todos los días, pero en Conciliación de vez en cuando se escuchan balazos. “Sentís cualquier cosa y quedás tenso. Metés los gurises para adentro”, cuenta Mario, quien ha sido el principal defensor de no mudarse y quedarse en esta casa que construyó hace tres años. A pesar de todo.

“No me cae la ficha de que la mataron. Tiene que haber justicia”, dice. Y se desahoga. “¿Qué derecho tienen estos locos de sacarle la madre a estas niñas?”, pregunta sin esperar respuesta. Sabe que no la hay. “No existe lógica, alguien tiene que hacerse responsable. El caso quedó frío porque no agarraron a nadie. Son armas de guerra, que no puede tener cualquier ciudadano. Alguien se las dio. No fue una bala, fueron muchas”.

La investigación judicial continúa. En su momento hubo un procesado por un homicidio que provocó el enfrentamiento entre las dos bandas y el posterior tiroteo, según la jueza Julia Staricco. Pero no cayó nadie por la muerte de la chica.

Staricco dice a El Observador que el caso “sigue en trámite” y, de hecho, Mario y un vecino fueron citados a una audiencia para el mes de abril.

“Yo no creo que algún día esto se aclare”, dice Mónica, desconfiada. “El daño ya está hecho”, afirma acodada en la barra que separa la cocina del estar. Después habla del miedo a las represalias, mientras Luzmila y Priscila juegan por ahí.

Ellos tienen derecho a saber, tienen derecho a pedir justicia y, claro, a que no les pase nada por reclamar eso.

Fuente: El Observador

 

 





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