Marawi sigue siendo una «zona cero» dos años después del conflicto con el grupo Maute

Actualizado 25/05/2019 9:58:22 CET

MARAWI (FILIPINAS), 25 May. (Reuters/EP) –

Solo había pasado una semana desde que Mohammad Ali Acampong terminara de reformar su casa cuando las bombas y las balas alcanzaron la ciudad de Marawi. Hace dos años, el temible grupo Maute, partidarios del Estado Islámico, tomó el poder en un intento de forjar su propia ‘wilaya’ o provincia, obligando a casi 100.000 personas a huir, en lo que se convirtió en el conflicto más duro y prolongado de las fuerzas armadas filipinas desde la Segunda Guerra Mundial.

Acampong, funcionario de profesión, tuvo que abandonar su casa, una residencia de tres pisos frente al lago donde vivía con su familia de ocho personas. «Cuando comenzó el caos, nuestra vida de repente se volvió realmente difícil», ha explicado Acampong, de 42 años, a Reuters. «Antes teníamos una vida cómoda. Ahora vivimos entre refugios, con un calor persistente, con falta de agua y de todo», ha añadido.

PARAÍSO PERDIDO

Marawi, antaño una de las ciudades más pintorescas y coloristas de Filipinas, es ahora hormigón carbonizado y esqueletos de edificios, el resultado de los 154 días de ataques aéreos y artillería por parte de los militares, y de las trampas explosivas que los rebeldes colocaron en todas partes para mantenerlos a raya.

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Los Acampong viven ahora en una pequeña vivienda temporal en las afueras de la ciudad. Comparten ahora con miles de familias tanto el agua como otros servicios básicos. Al menos otras 500 familias viven en tiendas de plástico, como Asnia Sandiman, de 25 años, que produce ropa hecha a medida con una máquina de coser que lleva el sello del Gobierno.

«La tienda está bien hasta que llueve y hace mucho frío, o hasta que el calor es muy fuerte», explica Sandiman. «Mi más profunda esperanza es que se nos permita volver a Marawi pero, para ser sincera, aceptaría cualquier lugar sólo para salir de aquí», ha dicho.

DOS AÑOS SIN AVANCES

Cientos de milicianos, 165 soldados y al menos 45 civiles murieron durante los cinco meses de conflicto, hasta su final en octubre de 2017. El presidente del país, Rodrigo Duterte, prometió en su día la reconstrucción inmediata de la ciudad. A día de hoy, el progreso es lento en algunas zonas, inexistente en otras.

El grupo de trabajo interinstitucional encargado de la reconstrucción, Bangon Marawi, sigue confiando no obstante en alcanzar la fecha prevista de 2021. Solo es cuestión de empezar.

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«Lleva un tiempo al principio, pero todo irá rápido una vez que comience», explica el responsable de la oficina de campo, Félix Castro, antes de recordar las dificultes burocráticas que comporta el proyecto. «Sólo podemos ir tan rápido como nos lo permite la legadlidad. No podemos hacer atajos», añade.

CIUDAD ABANDONADA

A excepción de los perros callejeros y los guardias, el centro comercial de Marawi está abandonado, sin indicios de la prometida rehabilitación.

Miles de personas están en el limbo por el súbito conflicto. La mayoría está sin empleo y depende de la ayuda humanitaria como Noronisah Laba Gundarangin, madre de tres hijos, que vive con otras cuatro familias en el hogar de su hermana.

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Los 73.000 pesos (1.385 dólares) que su familia recibió de agencias gubernamentales son insuficientes para su pequeño negocio. Tienen deudas que pagar y niños que alimentar.

Gundarangin, de 40 años, se pregunta qué pasó con toda la ayuda y el dinero prometidos por la comunidad internacional cuando la guerra estaba en el centro de atención. Las autoridades dicen que no todo lo prometido se ha materializado. «Sé que llegaaon miles de millones (de pesos) a Marawi, pero pasan por tanta burocracia que cuando llegan a nosotros, no son más que centavos», denuncia.

El comandante del grupo de reconstrucción, Eduardo del Rosario, enumeró el pasado lunes los obstáculos a los que se enfrenta su personalized: escombros, municiones sin estallar y estructuras inseguras. Con todo, expresó su confianza en que la zona estará despejada para noviembre, y que algunas de las obras de construcción deberían comenzar incluso antes, en septiembre.

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Mientras, el grupo ha permitido que la gente regrese a ver el lugar que una vez fue su hogar, que ahora llaman «zona cero», para acelerar ciertos trámites. Acampong dio su consentimiento para que su casa fuera demolida. Regresó hace poco y se encontró un árbol de papaya creciendo en su lugar.

«Es doloroso porque no tuvimos nada que ver con esta guerra. Simplemente nos pilló en medio. Todo por lo que hemos trabajado, todas las grandes y pequeñas inversiones, han desaparecido. Todos los días, es así. Esperando y esperando, como si esperáramos la muerte», observó.

UNA CIUDAD SEGURA

Por su parte, el coronel Romeo Brawner, jefe de la 103ª Brigada del Ejército, ha asegurado que Marawi está libre de milicianos y que los pocos que quedan prófugos, unos 25, no tienen capacidad para volver a atacar la localidad.

«Sus capacidades se han reducido», ha explicado Brawner indicando, por ejemplo, que ya apenas son capaces de reclutar gente, a pesar de la frustración de los habitantes de Marawi por la lentitud de la reconstrucción.

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«Sin embargo, aún pueden llevar a cabo ataques limitados contra objetivos menores y matar a miembros de las Fuerzas Armadas y la Policía», ha advertido.

Brawner ha subrayado que, en cualquier caso, «ahora la gente es consciente de que, aunque sean víctimas, esta no es la forma correcta de hacer las cosas».

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