Noche y día en Rosario, la doble cara de una ciudad donde se vive y se muere a toda velocidad

Hay dos Rosarios que conviven con naturalidad. Tienen fronteras imaginarias que pocas veces se traspasan. De un lado, la muerte es parte de la vida cotidiana. Del otro, la violencia es algo ajeno. Una tragedia que sucede “allá”. Cada tanto, los cimientos de esa relación distante se resquebrajan y ponen en jaque el pacto tácito de no agresión. Eso fue lo que sucedió el sábado 11 con el ataque a tiros al Casino Metropolis Centre en el que fue asesinado un contador. El crimen se sumó a una ola de homicidios que conmociona a la ciudad.

No es la primera vez que pasa. Ocurrió siempre que la guerra narco se descontroló y atravesó ese límite. Un hito de esa sangrienta línea de tiempo fue en mayo de 2013, cuando fue acribillado a balazos el líder de Los Monos, Claudio “Pájaro” Cantero. La seguidilla de venganzas culminó con un récord prison: 264 homicidios en un año. Los tiros llegaron al corazón de la ciudad y encendieron el reclamo de seguridad. Se enviaron miles de agentes federales y tras años calientes el número de asesinatos comenzó a bajar.

El 2019 cerró con 168 crímenes, pero las estadísticas de los primeros días de 2020 volvieron a encender las alarmas. Hubo 20 homicidios en 19 días. Aunque las investigaciones aún están en curso, la sombra narco se vislumbra detrás de varios de los asesinatos. Las bandas también dejaron su marca en el ataque a tiros al Centro de Justicia Penal, que ya había sido baleado durante una seguidilla de atentados contra edificios públicos y propiedades vinculadas a miembros de la Justicia.

Las explicaciones a esta nueva ola de violencia son variadas. Desde el Gobierno provincial, donde el peronismo desbancó al socialismo después de 12 años, ven un intento de desestabilización. La reacción estaría originada por los cambios que realizó el ministro de Seguridad Marcelo Sain en la cúpula de la Policía de Santa Fe, con el pase a retiro de 31 comisarios generales. “Algunos de ellos están siendo investigados en causas por complicidad con las bandas delictivas”, aseguran al explicar la medida.

El máximo jefe policial en Rosario y el responsable de las comisarías duraron menos de dos semanas en su cargo. Fueron separados en medio de la ola de homicidios. “La violencia period absolutamente previsible”, resumió Sain al comunicar la medida.

En los barrios creen que los crímenes están vinculados a las interminables disputas por el territorio. En esas luchas no sólo intervienen Los Monos, Los Camino, Los Pillines o la gente de Esteban Alvarado, algunas de las bandas que se reparten el negocio narco en el sur, el norte y el oeste de la ciudad. También son protagonizadas por grupos más pequeños, atomizados, difíciles de controlar. Jóvenes de menos de 20 años que matan y mueren a toda velocidad.

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“De estos seis, dos están muertos, otros dos están presos y uno se tuvo que ir del barrio. Solo uno se salvó”, cuenta Osvaldo, un técnico de fútbol infantil mientras mira la foto en la que posan los chicos que entrenaba hace menos de diez años. Recibe a Clarín en su casa de Las Flores, al sur de la ciudad. A pocas cuadras de allí, en La Granada, Los Monos comenzaron a edificar su poder. En una canchita descuidada, un mural y un monolito recuerdan al “Pájaro” y a su hija Daiana, que murió en un accidente de auto a los 16 años, mientras iba a visitar a uno de sus tíos a la cárcel.

Hoy es Dylan, el hermano del clan Cantero, el que se pasea por esas calles. “Viene acá para hacer maldades. Tira tiros desde un auto, le roba las motos a los pibes y las prende fuego. Sabe que nadie lo puede tocar. A muchos no nos queda otra que agachar la cabeza. Y otros lo quieren imitar. Venden una bolsa de cocaína y se creen que son Pablo Escobar​. Andan con cadenas de oro, autos, motos. No entienden que cuando los maten no les va a servir nada de eso”, se lamenta Natalia otra vecina de Las Flores.

En los relatos hay una palabra que se repite: prestigio. Eso es lo que representa en muchos jóvenes ser parte de una banda narco. Un lugar desde el que pueden obtener un reconocimiento entre sus pares. Cuando les advierten sobre los riesgos, desnudan su desesperación. «Una vez un chico de 16 me contestó que él sabía que se iba a morir a los 21, por lo que lo único que le importaba period tener un par de zapatillas y un buen celular. Me dejó helado», cuenta en un café del centro Carlos Del Frade, diputado provincial del Frente Social y Well-known.

Rosario: los 18 crímenes del 2020

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Infografía: Clarín

A pocas cuadras de su casa, el imponente Casino Town Middle rompe con la geografía del lugar. Allí, donde hace dos años se casaron Lionel Messi y Antonela Roccuzzo, otro ataque narco traspasó la frontera que divide las dos Rosario. El contador Enrique Ensino (64), gerente del Banco Nación de Las Parejas, había salido al balcón del primer piso para fumar un cigarrillo cuando recibió un balazo en la cabeza. Los atacantes tiraron desde afuera, sin un objetivo definido. “Fue una señal para meterle terror a la gente”, agrega Del Frade, que trabajó durante 30 años como periodista, investigando el narcotráfico en la ciudad.

Por el crimen cayó “Cachete” Díaz, señalado como instigador. Las escuchas revelan que durante la organización del ataque tuvo conversaciones con Ariel “Guille” Cantero, preso y condenado a 58 años de cárcel por cinco causas diferentes. Los investigadores creen que el objetivo fue extorsionar a los administradores del On line casino para obtener dinero a cambio de protección. En Las Flores aseguran que ya se ven algunos resultados: esta semana los remises truchos que cobran dos veces más caro el mismo viaje volvieron a tener prioridad para trabajar en la zona.

“Rosario te come”

“La ciudad tiene una vida social muy prolífica. Sabemos que hay mucha gente en la calle y que vive en un contexto de tranquilidad. Pasean por la costanera, por las playas públicas, vayan a Pichincha y está todo el mundo en las calles, yo no veo una ciudad consternada. La vida social de Rosario te come y yo soy ministro de todas las ciudades de Santa Fe. Rosario te appear, si te dejás, te come”, advirtió Sain en medio de la ola de asesinatos.

Su descripción se comprueba en una caminata por la zona céntrica de la ciudad, entre torres de lujo. Runners, patinadores, chicos en skate y familias que arman picnics improvisados le sacan el jugo a la costanera del Paraná. No se ven policías. Los locales gastronómicos se expanden por Avenida Pellegrini y las cervecerías se multiplican en el barrio Pichincha. «Escuchamos hablar de Rosario como si fuera Sinaloa. No tiene nada que ver”, se queja Javier, comerciante, mientras disfruta de una cerveza en un bar con vista al río.

Dos horas después, cae la noche y las sirenas de los móviles encandilan a todos en Grandoli y Sánchez de Thompson, nueve kilómetros al sur del bar con vista al río. De un lado de la avenida hay casas humildes construidas hace medio siglo con créditos hipotecarios. Del otro, un barrio Fonavi que -explican- en los últimos años comenzó a ser dominado por bandas delictivas.

Norma vive hace 40 años en esa zona. “El martes pasado, a las 5 de la tarde, estaba esperando el colectivo y me empezaron a gritar desde el balcón de un departamento para que me escondiera. Un segundo después empecé a escuchar los balazos y no sabía dónde meterme, para dónde correr. Pero más allá de eso este es un barrio tranquilo”, cuenta.

Testimonios como el suyo se repiten en cada esquina. La primera reacción de los vecinos es asegurar que su barrio es tranquilo y que en otra época la ola de crímenes y tiroteos period mucho más fuerte. No tardan mucho en reconocer que a unas cuatro o cinco cuadras “la cosa es un poco más picante”. La violencia, una vez más, parece ser algo ajeno.

Son las 22.30 y los gendarmes caminan por el barrio Molino Blanco. La reacción de los vecinos es dispar. Para algunos es un “show” que durará unos pocos días. Para otros es un alivio. Desconfían de la Policía provincial y ven en las fuerzas federales una prospect de encontrar algo de paz. Les preocupan más los robos que los ajustes a tiros. “Al que no está metido en nada raro no le van a disparar. Acá todos sabemos quién es quién”, explica Andrea, mientras acaricia la cabeza de su hijo menor.

Sin embargo, admite que todos corren riesgo cuando las bandas dirimen sus problemas a balazos. “Hay pibes de acá que la pudren afuera y después los vienen a buscar. En esas situaciones puede caer cualquiera que esté caminando por ahí”, agrega. Evita los nombres propios. Nunca se sabe quién está escuchando.

Armas para todos

En 2013, en medio del pico de homicidios, las estadísticas indicaban que el 60% de las víctimas eran varones de entre 15 y 30 años que no trabajaban ni estudiaban. Si bien ese número bajó en los últimos años, sigue representando más del 40 % de los casos. “La mayoría son disputas personales que se resuelven de una manera violenta, donde el acceso al arma es cotidiano”, explica un militante del socialismo que pisa diariamente las zonas más postergadas de la ciudad organizando cursos de oficios para los jóvenes.

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Una mirada similar tienen en el bachillerato common del barrio Tablada, donde estudian 50 jóvenes y adultos que buscan terminar el secundario. Sin embargo admiten que la problemática narco es uno de los problemas centrales. “A veces escucho decir que los pibes eligen la más fácil y es todo lo contrario. Entrar en ese mundo es la más difícil, por todo lo que implica para ellos y su familia”, explica. Hace una pequeña pausa, toma aire y las lágrimas amenazan. Y sigue: “El año pasado tuvimos el caso de un chico que había decidido salir de todo eso. Había armado su curriculum, tenía proyectos. Lo mataron a balazos”.

Tener un arma no es una misión compleja. Se alquilan por día o por semana. En cada barrio marcan las casas en las que se guardan los arsenales y las municiones. Los tiros son la banda de sonido diaria. “Cuando mis hijos están en el colectivo les voy avisando si escucho disparos para decirles dónde se tienen que bajar. A los pibes que se agarran no les importa el horario, que haya chicos, nada”, cuenta Marisa, en el corazón de Las Flores.

Dice que varias veces pensó en irse, pero que no tiene dónde. Lo mismo le pasa a Saúl, en el barrio Itatí. Su vida se convirtió en un infierno el año pasado, cuando los vecinos que antes cartoneaban dejaron encerrado su caballo y empezaron a vender droga a metros de su casa. “Llamamos a la Policía, vienen y sólo les dicen que bajen la música”, cuenta. En la cuadra ya no quedan luces: los transas juegan a reventar los focos con sus carabinas.

Mientras algunos sueñan con mudarse para escapar de la violencia, otros no tienen otra alternativa. Son amenazados y hostigados por los narcos para abandonar sus casas, o desalojados en medio de la noche. Pocos hacen la denuncia. Saben que eso sólo puede empeorar las cosas. Los lugares ocupados se transforman en puntos de venta y centros de acopio de armas, o se alquilan a otras familias.

¿Dónde está la plata?

El boom de la agroexportación que se registró en Argentina a partir de 2003 transformó a Rosario, y a sus puertos, en una de las zonas económicas más potentes del país. A la par de ese negocio creció el consumo y la venta de cocaína. Aparecieron las cocinas y las bandas se multiplicaron en los barrios, sumando entre los más jóvenes soldaditos que ganan 1.500 pesos por día. 

La complicidad policial fue un eslabón clave. La relación quedó reflejada en las condenas contra 9 miembros de fuerzas de seguridad que prestaban protección a Los Monos. Otros agentes fueron sentenciados en causas similares, donde se comprobó que liberaban zonas, entregaban información y cobraban regularmente por sus servicios.

Ese entramado permitió que las bandas amasaran rápidas fortunas. Compraron casas, autos, motos y yates. Sin embargo, en la ciudad hay una pregunta que se repite: ¿para qué otras cosas se usó el dinero narco?

El fiscal federal Federico Reynares Solaris estuvo al frente de la causa “Los Patrones”, una investigación que terminó con las condenas de “Guille” Cantero y su mano derecha. Ambos seguían manejando la venta de drogas desde la cárcel, a través de sus parejas. El líder de Los Monos no necesitaba moverse demasiado: tenía un teléfono fijo dentro de su celda.

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“Lo que nosotros vemos, que es un déficit a superar, es a dónde está la plata de todo esto. Se le han decomisado bienes como producto del delito, pero hasta el momento no hubo condenas por el armado de estructuras para darle apariencia de legalidad a ese dinero”, explica en su despacho de la Oroño.

El diputado Del Frade también pide avanzar en ese sentido. “La foundation de todo es una profunda desigualdad. Queda claro que la mano de obra, los chicos y las chicas que terminan siendo soldaditos tienen que ver con la ausencia de un sostén content para sus vidas. Son títeres. El tema son los titiriteros. Los que se mueven en el centro de la ciudad, los que lavan el dinero en las mutuales, en los clubes de fútbol y en los bancos, a través de empresarios corruptos. Esos nunca llegan a juicio”, denuncia.

La pista económica puede unir a esas dos Rosario que conviven con pocos kilómetros de distancia y rara vez se tocan.

Rosario. Enviado especial. Colaboraron Mauro Aguilar y Lucas Aranda (Corresponsalía Rosario)

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